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Opinión

¿Es China una nueva potencia colonial en África?

Empleados etíopes y chinos en la construcción de un ferrocarril en Dire Dawa, al noreste de Etiopía, 27 de febrero de 2013.
Empleados etíopes y chinos en la construcción de un ferrocarril en Dire Dawa, al noreste de Etiopía, 27 de febrero de 2013. AFP PHOTO/JENNY VAUGHAN

El presidente de China, Xi Jinping, se encuentra este 26 de marzo de visita en Sudáfrica, nueva etapa de su gira africana. China es hoy el segundo socio más importante de África. Algunos consideran que la forma de actuar de China es diferente, ‘más respetuosa’, que la de los países occidentales. Pero otros cuestionan su rol en ese continente.

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Hace un par de días, Lamido Sanusi, el gobernador del Banco Central de Nigeria, acusó a Beijing de practicar una “nueva forma de imperialismo” en el continente africano, haciéndose eco de otras críticas similares. En 2012, el presidente sudafricano Jacob Zuma indicó, con motivo de la cumbre China-África, que la relación entre las dos partes era “insostenible”, y que Beijing debía plantearse importar más bienes y servicios africanos.

En el marco del auge de las denominadas potencias emergentes, durante la última década China ha pasado a ser un gran inversor y un gigantesco exportador de productos manufacturados. A la vez, se ha convertido en una fuente de financiación para algunos países del Sur, ya que facilita créditos sin imponer condiciones políticas ni económicas, como sí hacen los países occidentales y las organizaciones financieras internacionales. El sostenido crecimiento económico chino ha incrementado su demanda de hidrocarburos, minerales y madera. En el caso africano, el capital chino se ha orientado también hacia el sector bancario, construcción, agricultura y telecomunicaciones.

Despertar a la realidad

Las relaciones entre China y África se empezaron a desarrollar en profundidad desde 1996. El comercio chino-africano, especialmente basado en la extracción de recursos naturales, creció de 9.000 millones de dólares en el 2000 a 160.000 millones en el 2011, según el Banco Africano de Desarrollo. Desde 2009, China compite con Estados Unidos por el primer puesto como socio comercial y se encuentra por delante de Francia y Gran Bretaña.

El gigante asiático importa petróleo y diversas fuentes energéticas, además de diamantes, madera y algodón, entre otros bienes primarios. Por el contrario, el 98% de sus exportaciones son bienes manufacturados, especialmente maquinaria, equipos de transporte, textiles y productos químicos, al igual que hierro y acero. Lo que genera crecientes críticas, es precisamente este abismo entre el tipo de exportaciones – los mercados africanos se encuentran inundados de productos chinos (y brasileños) que compiten con los locales – y el hecho de que la balanza de pagos es deficitaria para África.

En su artículo en el Financial Times, Lamido Sanusi escribió que es hora de despertar a la realidad y acabar el romanticismo con China. “Nigeria tiene un mercado de más de 160 millones de personas y destina inmensos recursos a importar bienes de consumo de China que podrían producirse localmente. Compramos textiles, telas, productos de cuero, pasta de tomate, muebles, almidón, electrodomésticos”, afirma Sanusi. China, en cambio, sólo compra petróleo, y si bien ha construido infraestructuras, trae tanto el equipo como la mano de obra, sin recurrir a la local. Para Sanusi, extraer materias primas y exportar manufacturas fue “la esencia del colonialismo”. China, por lo tanto, ya no es una economía subdesarrollada sino una potencia global que colabora a la “desindustrilización y el subdesarrollo de África”. Críticas similares se escuchan cada vez con más frecuencia en América Latina.

Un socio no impositivo

Las percepciones sobre China son diversas. Junto a las críticas como las de Sanusi, hay también opiniones más benignas. Si bien China destina algunos fondos a cooperación y cuestiones humanitarias, también opera como un inversor que es bienvenido en un momento de expansión económica en el continente africano. Sus inversiones provienen de diferentes organismos del Estado y de empresas que se asemejan a las corporaciones multinacionales de Occidente. Pero los países africanos han prestado especial atención a China y a otros países asiáticos por sus éxitos en reducir la pobreza, la rápida industrialización de las últimas décadas y el uso de tecnología intermedia.

Es también apreciado el hecho de que Beijing no impone condiciones sobre derechos humanos, buena gobernanza ni exige tampoco planes de ajuste estructural, como sí suelen hacer los países occidentales. Por el contrario, China facilita créditos sin condiciones, algo que las elites africanas agradecen. Esto, sin embargo, tiene el peligro de la falta de control sobre los fondos, en particular por los graves problemas de corrupción en los dos lados. Pero, de hecho, los requerimientos de respeto por los derechos humanos y buen gobierno que hacen Estados Unidos y los europeos son vistos como resabios hipócritas del pasado colonial. China, en cambio, se presenta como una potencia que no exige nada a sus socios africanos.

Cuestiones de seguridad

China es percibida en África como una potencia que tiene más interés en invertir en infraestructura que en cuestiones de seguridad. Para los africanos, Estados Unidos encarna en cambio las políticas de ajuste mientras que Europa representa el antiguo colonialismo. China, en cambio, es un socio nuevo con el que no existe un pasado colonial y que ha logrado convertirse en potencia global.

En el terreno de la paz, la seguridad y los derechos humanos, China participa crecientemente en operaciones de mantenimiento de la paz sin abandonar el principio de no injerencia en asuntos internos. Beijing apoya a la Unión Africana, se ha negado a que el Tribunal Penal Internacional abra causas contra el presidente de Sudán en 2009 y a sancionar a Zimbabue en 2008. A la vez, mantiene acuerdos militares con diversos países africanos, sobre transferencia de armas, construcción de infraestructura de defensa, formación y desminado.

Pero China también es un vendedor de armas con una política muy poco transparente. Se ha detectado, por ejemplo, armamento chino en Darfur (Sudán) y en la República Democrática de Congo. Según el Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo (SIPRI), China ha desplazado a Gran Bretaña como quinto mayor exportador de armas del mundo y en la última década se convirtió en el primer vendedor de armas para el África Subsahariana. Dado el impacto que tienen las armas en violaciones de derechos humanos y conflictos armados, la supuesta no injerencia de China en asuntos internos queda muy cuestionada.

El caso sudanés es revelador del pragmatismo de Beijing, que ha mostrado un gran interés en mantener relaciones estables con Sudán y con Sudán del Sur desde que este país declaró su independencia en 2011. Para las empresas y el estado chino es muy importante acceder al petróleo que tiene Sudán del Sur e invertir y obtener contratos ante la gran demanda de infraestructuras de este nuevo Estado. A la vez, ha cultivado la relación con el gobierno de Jartum, apoyándole diplomáticamente y con inversiones.

Un plan de acción para África

En su crítica al papel de China, el gobernador del Banco Central nigeriano propone que ese país sea visto como un competidor frente al cual África debe adoptar varias medidas. Primero, prepararse para contar con un sistema de primer nivel para la extracción y el procesamiento del propio petróleo, promover el consumo de productos propios y “construir una excelente infraestructura” en diversos campos. Segundo, mejorar su sistema educativo y la inversión en capacitación técnica. Tercero, pactar nuevos términos en los contratos: China, los emergentes, Estados Unidos y los europeos podrán invertir y obtener beneficios pero garantizando a cambio que crearán empleo local e invertirán en formación y desarrollo de infraestructura.

Chris Alden, investigador del South African Institute of International Affairs (SAIIA), considera que si China se adapta a las preocupaciones africanas, a la vez que mantiene sus intereses en el continente, “entonces su presencia será bien recibida por los africanos” y sería beneficiosa para las dos partes. En su opinión, la relación que se establezca hacia China será decidida por los africanos y no por los occidentales.

La tensión entre estos dos gigantes, y los aspectos positivos y negativos de la relación, es uno de los signos de la configuración de una nueva arquitectura global multipolar, tanto económica como política, en la que Europa y Estados Unidos son dos actores importantes, pero no los principales. La relación entre África y China muestra, además, que los emergentes, pese a algunas diferencias con los países occidentales, tienden a actuar fundamentalmente defendiendo y promoviendo sus intereses nacionales.

Mariano Aguirre dirige el Centro Noruego para la Construcción de la Paz (NOREF). www.peacebuilding.no

 

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