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Daniel Ortega, de libertador sandinista a dictador inflexible

Daniel Ortega apareció públicamente en Managua en julio, para marcar el aniversario del "repliegue".
Daniel Ortega apareció públicamente en Managua en julio, para marcar el aniversario del "repliegue". REUTERS/Oswaldo Rivas

Cada 19 de julio, Nicaragua celebra el comienzo de la Revolución Sandinista que liberó al país de la dictadura de Anastasio Somoza. Casi 40 años después, el presidente Daniel Ortega, héroe del movimiento de izquierda de los años 70, ejerce la misma represión que había combatió en su juventud.

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Daniel Ortega tomó el control de la ciudad de Masaya este martes. Pero, esta vez, su conquista no tuvo nada que ver con aquella marcha de julio 1979 cuando, tras haber organizado acciones insurgentes contra el régimen de Somoza y haber estado años en la cárcel o en exilio, él y otros miembros de la guerrilla Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) entraron triunfantes en Managua.

A través de la Guardia Nacional, la familia Somoza se aferró al poder en Nicaragua durante casi media década hasta 1979 cuando Anastasio Somoza Debayle debió huir ante el avance del movimiento de rebelión sandinista que abrió una nueva era de libertad y esperanza popular. La guerrilla del FSLN buscaba reformar política y económicamente el país para una mejor distribución de las riquezas.

Algunos vieron al Daniel Ortega de entonces como la versión nicaragüense de otro revolucionario: el Che Guevara. Pero hoy, esos

“ches” están encarnados en sus opositores:  los estudiantes que desde abril 2018 manifiestan contra el presidente en una crisis que ha cobrado casi 300 muertos.

Desde los años 80, Daniel Ortega ha dirigido de manera intermitente a Nicaragua. Superó crisis tras crisis como la guerra civil (1979-1990), el apoyo de Estados Unidos a los Contras y el escándalo del “Irángate”, la extrema pobreza que dejaron años de conflicto, la derrota política sandinista en los años 90 que sacó de la escena del poder al FSLN y al mismo Ortega, convirtiéndose desde entonces y por 16 años en el eterno candidato de esta formación política.

“Casi una monarquía”

Hasta las presidenciales de 2006, en las que vuelve a ser elegido.  Sus primeras medidas consistieron en restablecer la gratuidad de la educación y de la salud, a pesar de la falta de recursos, y a implementar Consejos de Poder Ciudadano. Actos a los que Naciones Unidas dieron su visto bueno en 2009, cuando el Programa para el Desarrollo (PNUD) destacó los avances de Nicaragua en su lucha contra la pobreza y el hambre.

En 2011 y luego, en noviembre de 2016, Daniel Ortega fue reelegido. La última vez con 72% de los votos –muy cuestionados- para él y

su fórmula vicepresidencial: su esposa Rosario Murillo. Un binomio que se ha vuelto omnipresente en la esfera pública nicaragüense. “Es casi una monarquía, se sienten ungidos por Dios para ser los monarcas del país. La gente no sabe en el enredo que se está metiendo porque solo tienen una política asistencialista”, comentaba la escritora Gioconda Belli poco antes de la reelección de 2016.

Durante el tercer periodo de gobierno de la pareja Ortega-Murillo, la sombra del somocismo ha ensombrecido al poder nicaragüense.  El oficialismo sandinista se mantiene a flote agitando el argumento de la amenaza estadounidense, cuyo fantasma también ronda en la memoria de la población.  Por otro lado, la ausencia de una oposición sumada al fraude electoral ha permitido que el Orteguismo se enquiste en el poder.  “En Nicaragua el fraude va acompañado de violencias como destrucciones de radios o quemas de partidos opositores”, explicaba a RFI Gilles Bataillon, investigador de la Escuela de Altos Estudios de París (EHESS).

Dese abril de 2018, cuando los movimientos de contestación empezaron a manifestarse de manera visible, la comunidad internacional descubrió el poder represivo de un Daniel Ortega cómodo en su sillón de líder máximo.

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