Saltar al contenido principal
El Invitado de RFI

Luis Sepúlveda, “El uzbeko mudo y otras historias clandestinas.”

Audio 24:16
Luis Sepúlveda
Luis Sepúlveda © Daniel Mordzinski 2014

Redifusión. La editorial francesa Editions Metailié acaba de publicar El uzbeko mudo y otras historias clandestinas, libro del escritor chileno Luis Sepúlveda que recoge una serie de relatos basados en las peripecias clandestinas de jóvenes militantes chilenos de las Juventudes Comunistas o de la Federación de Jóvenes Socialistas. Luis Sepúlveda nació en la ciudad chilena de Ovalle en 1949 y muy pronto, con apenas 13 años, empezó a militar en las Juventudes Comunistas de Chile.No sin cierta ironía, Sepúlveda nos transporta al Chile de finales de los sesenta, que culminarían en 1970 con la elección de Salvador Allende; años en los que miles de jóvenes chilenos de izquierdas lucharon, con escasos medios, para cambiar el modelo de sociedad. 

Anuncios

En el primer relato de tu libro El uzbeko mudo y otras historias clandestinas, en el que cuentas la preparación de un atentado contra intereses estadounidenses con la guerra del Vietnam como telón de fondo, te burlas un poco de la rigidez de aquellos jóvenes militantes comunistas que no bebían alcohol cuando estaban de servicio. ¿Tú tampoco bebías?

Portada de la edición en francés.
Portada de la edición en francés.

Todos los militantes comunistas éramos una mezcla de mormones, testigos de Jehová y cuáqueros, al mismo tiempo. Llevábamos una vida muy sana, hacíamos deporte, en la escuela éramos los primeros porque eso nos permitía formar círculos de estudio en matemáticas, lengua, ingles, lo que fuera. Teníamos una vida que era muy... de santones, y éramos muy populares por eso. Cuando yo me veo, por ejemplo ahora, miro hacia atrás y me imagino qué espectáculo debo haber dado.

Yo iba todos los fines de semana, todos los viernes a la salida da algunas fábricas, con un cajón sobre el que me subía y con un trapo rojo que me acompañaba, para hablar a los trabajadores para que entregaran sus salarios a sus mujeres y no se lo gastaran en vino. Y junto a mí había un predicador evangélico que estaba en lo mismo exactamente, y un poco más allá había otro de otra secta que estaba exactamente en lo mismo.

Lo que nos diferenciaba era que yo aludía que el alcohol era un enemigo de clase, que no era un pecado, que teníamos derecho a bebernos un buen trago de buen vino o lo que fuera, pero que el sueldo, compañeros, había que entregarlo a las compañeras. Y eso es lo que hacíamos; teníamos una actitud reformadora del mundo desde lo primero hasta lo último.

Los extremos se tocan...

Sí, pero a veces hay extremos buenos y extremos nocivos. Nosotros éramos un extremo más o menos saludable de la sociedad y éramos queridos, éramos populares por eso.

Nosotros nos sacrificábamos todos los fines de semana. Mientras que el resto de los jóvenes se iban de paseo con sus novias, nosotros hacíamos plazas, alfabetizábamos, reparábamos techos rotos en brigadas de trabajo voluntario. Eso nos servía también muchísimo para ahondar en la percepción que teníamos de la sociedad.

 

Boletines de noticiasNoticias internacionales esenciales todas las mañanas

Página no encontrada

El contenido que solicitó no existe o ya no está disponible.