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Economía y finanzas

Contrapublicidad: un arma para otras formas de economía

Audio 09:45
Portada del libro "Contrapublicidad, consume hasta morir", recopilación de contranuncios del colectivo Consume hasta Morir, España.
Portada del libro "Contrapublicidad, consume hasta morir", recopilación de contranuncios del colectivo Consume hasta Morir, España.

En las grandes ciudades estamos expuestos a unos tres mil impactos publicitarios por día. Treinta grandes empresas anunciantes acaparan en torno al 90% de la inversión publicitaria, de modo que, en gran parte, son ellas las que deciden lo que consumimos. Para contrarrestar esa arremetida constante y transparentar el contenido de los anuncios, la contrapublicidad realiza un trabajo militante.

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En 1977, en San Francisco, California, los artistas Jack Nappier e Irving Glikk intervinieron en la vía pública en dos vallas que promocionaban un maquillaje de la marca Max Factor, cuyo mensaje, al ser transformado, apelaba a rechazar las falsas promesas de belleza. Así se fundó el BLF, Billboard Liberation Front.

Con un eje en el activismo, otro en el arte callejero y un tercero en la comunicación masiva para criticar a la sociedad de consumo, el BLF se convirtió en pionero de la contrapublicidad y abrió el camino a otros grupos y organizaciones importantes en la actualidad, como la canadiense Adbusters, los franceses Casseurs de pub, los estadounidenses The Yes Men, los argentinos Proyecto Squatters, o los españoles Consume Hasta Morir.

Todos confluyen en el cuestionamiento del papel ideológico de la publicidad, en la necesidad de transparentar los contenidos de los anuncios, a fin de provocar un consumo más informado y entenderlo en su dimensión política.

La contrapublicidad pueden ser elementos audiovisuales que, usando la misma estética de la publicidad convencional, desvían el mensaje o reformulan los eslóganes para contar una verdad o para plantear una pregunta. Entre los de más alta factura están los realizados por la organización Green Peace, por ejemplo, que pueden difundirse por televisión o en Internet. Pero la contrapublicidad también adquiere la forma de ideas expresadas  en volantes, folletos, afiches o en cualquier otra pieza comunicacional con ambiciones creativas e intenciones de revelar contenidos.

La contrapublicidad resulta una suerte de socia natural del trabajo de organizaciones y proyectos sociales, así como de cooperativas, mutualidades o asociaciones. En general, es un apoyo para las formas de gestión que, frente a la lógica del capital y la búsqueda de máximo beneficio, persiguen construir relaciones de producción, distribución y consumo basadas en la justicia, la cooperación y la reciprocidad, principios que definen a la economía social y solidaria.

No es legal apropiarse de imágenes, eslóganes y otros componentes de las publicidades convencionales, ni intervenir físicamente en ellos, pero la contrapublicidad, en su acción subversiva, se arriesga a hacerlo.

Existen antecedentes de procedimientos judiciales por casos de contrapublicidad, como el que la empresa pública de transporte urbano de París, RATP, inició en 2004  - y en parte ganó -  contra personas que modificaron sus letreros. Pero eso era más frecuente en épocas en que no existían las redes sociales y la información no circulaba con una rapidez  vertiginosa. Hoy, en muchos casos, las empresas prefieren callar para evitar que una amplificación del caso, en lugar de beneficiarles, haga aún más visibles las intenciones de la contrapublicidad.

Entrevistados: Isidro Jiménez, Colectivo Consume hasta morir; Martín Hass, Implicate.org; Montserrat Miño, Colectivo Solidario.

 

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