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Reino Unido

Brexit: el triunfo del miedo

Partidarios de la salida del Reino Unido de la UE celebran la victoria en la madrugada del jueves al viernes 24 de junio de 2016.
Partidarios de la salida del Reino Unido de la UE celebran la victoria en la madrugada del jueves al viernes 24 de junio de 2016. REUTERS/Toby Melville TPX IMAGES OF THE DAY

El voto en el Reino Unido contra la permanencia en la Unión Europea es una confirmación de la tendencia política conservadora que atraviesa a Europa y EEUU. El resultado refleja la percepción de diversos sectores afectados por la globalización económica neoliberal, la distancia entre la clase política y la mayoría de los ciudadanos, la idea que cerrándose frente a los problemas globales y sus consecuencias (por ejemplo, los flujos de refugiados e inmigrantes) será posible defender el espacio nacional, y las masivas posibilidades de influir que tienen políticos demagógicos gracias a la simplificación de la comunicación que proveen las redes sociales.

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Posiblemente el mejor ejemplo sobre las razones que han llevado a los ciudadanos del Reino Unido a votar No a la UE ha sido que la campaña por el Sí fue liderada por David Cameron. Hace pocos meses atrás el Primer Ministro estuvo en Bruselas negociando duramente una serie de excepciones a cambio de las cuales su país aceptaría permanecer en la UE.

Su mensaje, como el que han mantenido diversos líderes políticos británicos desde que el Reino Unido ingresó en la Comunidad Económica Europea en 1973, fue contradictorio: ser miembros de la Unión pero marcando una serie de límites y distancias en el terreno económico, en la influencia de Bruselas sobre las políticas internas británicas y, especialmente en las negociaciones de febrero pasado, poniendo límites a la entrada de refugiados e inmigrantes proveniente de otros países europeos.

En un delicado juego Cameron se presentó ante su país como un duro negociador con los socios de la Unión y a continuación salió a la calle a defender la permanencia dentro de ella. Un giro demasiado sofisticado frente a la insatisfacción de millones de trabajadores que sienten que han perdido sus trabajos y beneficios debido a la integración del Reino Unido en la globalización y, más cercanamente, en la UE. Una jugada política, además, contradictoria ante los mensajes simplificadores de los oponentes, algunos de ellos conservadores, como el ex alcalde de Londres Boris Johnson, que han presentado a la Unión como la fuente de todos los males.

La tradición británica de marcar esa distancia con los socios del continente tiene larga tradición. Un momento y ejemplo clave ocurrió en 2003, cuando el entonces primer ministro Tony Blair se alió con Washington, junto con los gobiernos de Madrid y Lisboa, para apoyar la infortunada guerra de Irak, sobre la que todavía se sigue pagando un alto precio. Blair embarcó al Reino Unido en la guerra de Irak priorizando la alianza con Estados Unidos por encima de la solidaridad con países como Francia y Alemania, que se oponían a la operación militar. Ha sido ahora el mismo Blair, renacido, una vez más, de las cenizas, el que ha hecho campaña en favor de no salir de la UE, dando un beso de la muerte a permanecer.

El 'Brexit', una consecuencia de la globalización

No es difícil entender las razones del millón de votos de diferencia cuando se visita el Reino Unido más allá del magnífico y rico centro Londres, o se leen las cifras de la desigualdad, el desempleo, la falta de oportunidades, y el deterioro del sistema de protección social en ese país. Estos problemas surgen de políticas neoliberales implementadas durante décadas que promocionaron ajustes, recortes, impulsó a la competitividad por encima de cualquier consideración, limitaciones al papel del Estado y de los sindicatos, y desprotección creciente de los trabajadores.

La integración en la denominada globalización se ha hecho, miembro tras miembro de la UE, en Estados Unidos y en otros países, con puño de hierro, desmantelando industrias, acabando con sectores rurales, recortando beneficios sociales, y cambiando contratos permanentes por contratos temporales, en nombre de ser competitivos. Al mismo tiempo, los beneficios del denominado 1%, la élite que toma este tipo de decisiones estratégicas, crecen de forma escandalosa mientras los salarios disminuyen o se esfuman, y el trabajo humano es sustituido por robots e inteligencia artificial.

Se trata de un modelo económico que gobiernos como el de Blair y Cameron han promocionado en el Reino Unido y en la Ue (junto con otros socios comunitarios). Se trata de un modelo de alianza neoliberal entre Estados Unidos y Europa que tiene su expresión más dramática en la crisis financiera y sus consecuencias desde 2008. No hay, en realidad, discrepancias serias entre los modelos económicos que han promovido el Banco Central Europeo y el gobierno británico. En este sentido ha sido coherente que Cameron hiciese campaña por permanecer. Y es precisamente en la falta de una verdadera discrepancia entre Bruselas y Londres donde entra el factor de la demagogia.

Ante la imposibilidad que los conservadores y parte de los representantes del Partido Laborista pudiesen discutir de fondo el modelo económico que ha generado la desigualdad y sus consecuencias, el debate se desvió hacia el espacio simbólico de los inmigrantes y los refugiados. La misma estrategia de Donald Trump en Estados Unidos.

El repliegue como antídoto ante la incertidumbre económica y social

Ante la dificultad para el ciudadano medio de poder discutir aspectos técnicos del comercio entre los miembros de la UE, los demagogos han tomado las verdaderas preocupaciones, ansiedades y sufrimientos de la gente para transformarlas en supuestas soluciones basadas en mentiras: hay que frenar la “invasión” de refugiados que robarán puestos de trabajo, cambiarán la cultura británica, infiltrarán terroristas; hay que parar a la masa de inmigrantes polacos y de otros países que trabajan en el Reino Unido y mandan lo que ganan a sus países.

Cada uno de estos supuestos han y pueden ser rebatidos: no hay invasión, los inmigrantes proporcionan beneficios al sistema de seguridad social cuando trabajan de forma regular (y es tarea del Estado regular y controlar), los terroristas pueden entrar entre los refugiados al igual que por otros medios (o ser ciudadanos británicos), y hay muchas ventajas en tener culturas múltiples e identidades diversas en un espacio cosmopolita post-nacional.

Pero las imágenes de fuerzas de seguridad operando como antidisturbios, disparando gases lacrimógenos sobre los inmigrantes en fronteras europeas, y el clima creado por algunos políticos y medios de prensa sobre la “crisis” y la “invasión” de los refugiados han abierto la veda. Si los gobiernos europeos tratan a los que huyen de las guerras y la miseria como criminales, ¿por qué no votar en contra para cerrar legalmente nuestras puertas y defendernos?

El voto del No ha sido de rabia ante todo lo que se perdió en el camino de la globalización competitiva y neoliberal mezclado con una melancolía por la excepcionalidad nacionalista británica. Muchos ciudadanos ven con pánico que en otra crisis financiera Bruselas pueda imponer condiciones sobre el Reino Unido como ha hecho desde 2008 con España, Portugal y Grecia.

Parte de los ciudadanos han votado contra los inmigrantes y los refugiados, siguiendo la tendencia que se manifiesta en casi toda Europa. Para la mayoría es un voto negativo pero sin alternativa porque se deposita el futuro en manos de quienes destruyeron el estado de bienestar y la sociedad que se añora. Un desahogo de corto plazo. Quienes han votado por salir de la UE han sido coherentes, pero han impactado contra el enemigo equivocado.

Mariano Aguirre es director del Centro Noruego de Construcción de la Paz (NOREF), en Oslo.

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