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Kosovo

Kosovo celebra 10 años de independencia

Los habitantes de la capital kosovar festajerán los 10 años de soberanía durante el fin de semana.
Los habitantes de la capital kosovar festajerán los 10 años de soberanía durante el fin de semana. © Reuters

La pequeña república en el corazón de los Balcanes conmemora una década de soberanía aunque en medio de una empantanada situación: es el país más pobre de Europa, su independencia no ha sido reconocida por varios países ni es miembro de la ONU.

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Con AFP

Los colores amarillo y azul de la bandera llenan las calles de Pristina, ciudad que ha previsto un fin de semana de celebraciones

Sin embargo, tras 10 años de independencia, el balance es más que contrastado para la pequeña república de 1,8 millones de habitantes en el corazón de los Balcanes. Es el país más pobre de Europa, aquejado por una corrupción desenfrenada, el contrabando y el islamismo radical. Además, una parte de sus dirigentes están asociados a crímenes cometidos durante la guerra con Serbia.

El conflicto estalló en 1998 entre las fuerzas serbias y el Ejército de Liberación de Kosovo (UCK), la guerrilla independentista albanokosovar. Esa guerra, que dejó 13.000 muertos, terminó en 1999 tras 11 semanas de bombardeos de la OTAN, llevados a cabo bajo el impulso de Estados Unidos para obligar a Belgrado a retirar a su ejército y su policía de Kosovo.

Tras esa retirada, una misión de la ONU y una fuerza de la OTAN se desplegaron en la región convirtiendo al actual Kosovo en una protectorado de Naciones Unidas hasta el 17 de febrero de 2008, fecha en la que, siguiendo un plan perfectamente preparado con Washington y varias capitales europeas, los diputados kosovares proclamaron la independencia, para disgusto de Belgrado.

Comunidades antagónicas

Esa historia conflictiva sigue pesando en los habitantes de Kosovo. El país está compuesto por dos comunidades principales que apenas se mezclan, como queda de manifiesto en Mitrovica. En esa ciudad del norte, los serbios, leales a Belgrado, viven al norte del río Ibar, mientras que los albanokosovares se mantienen en el sur.

Serbia, apoyada por su aliado histórico ruso, se opone con éxito al ingreso de Kosovo en la ONU. Su independencia fue reconocida por 115 países. Pero 10 años después de su proclamación, todavía hay cerca de 80 países que no la han reconocido oficialmente, entre ellos Rusia, China, India, Indonesia, Brasil o España.

De su lado, la Unión Europea, en la que cinco países tampoco reconocen la independencia de Kosovo, estableció la normalización de las relaciones entre Belgrado y Pristina como condición para avanzar hacia la integración de Serbia en el bloque comunitario. Pero ese diálogo, entablado en 2011, lleva dos años en punto muerto.

"Serbia no reconocerá a Kosovo y no lo reconocerá ni siquiera con el fin de convertirse en un miembro de la UE", avisó esta semana el ministro de Defensa, Aleksandar Vulin.

Mientras, el presidente serbio, Aleksandar Vucic, mantiene un discurso más ambiguo al respecto, al tiempo que el mandatario kosovar Hashim Thaçi asegura estar dispuesto a encontrar un acuerdo en 2018, siempre y cuando Kosovo se mantenga “indivisible”.

En Belgrado, varios responsables han mencionado discretamente la posibilidad de rediseñar las fronteras. Pero los países occidentales se oponen a esa idea porque temen abrir una caja de Pandora en una región donde las tensiones interétnicas siguen vivas, casi 20 años después del final de las guerras de la ex-Yugoslavia.

En el último año, las relaciones entre Pristina y los países occidentales se volvieron más tirantes, después de que varios diputados kosovares mostraran su intención de suprimir un tribunal de magistrados internacionales encargados de juzgar crímenes de guerra perpetrados presuntamente por excomandantes del UCK. Unos oficiales que siguen al mando de Kosovo.   El territorio balcánico tiene otros motivos de preocupación, entre ellos una economía deprimida, con un tercio de la población y la mitad de la juventud desempleados.

Muchos de sus habitantes sueñan con unirse a los cerca de 700.000 miembros de la diáspora kosovar, instalados sobre todo en Alemania y en Suiza, cuyo dinero es, junto con la ayuda internacional, clave para Kosovo.

Para ellos, el objetivo en los próximos meses es obtener la liberalización de los visados para la UE. A cambio, Bruselas exigió avances en materia de lucha contra una corrupción endémica en Kosovo.

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