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Rusia

La expansión de la Iglesia ortodoxa rusa tropieza en la calle

La Catedral de Cristo Salvador de Moscú fue destruida en 1931 con explosivos, para dar lugar a la construcción del Palacio de los Sóviets, y fue reconstruida en la década de 1990.
La Catedral de Cristo Salvador de Moscú fue destruida en 1931 con explosivos, para dar lugar a la construcción del Palacio de los Sóviets, y fue reconstruida en la década de 1990. WikimediaCommons/DmitriyGuryanov

La Iglesia ortodoxa rusa es la mayor de las Iglesias ortodoxas orientales del mundo: tiene 150 millones de seguidores. Sin embargo, según una encuesta publicada por la revista religiosa Pravmir en diciembre de 2012, sólo el 41% de la población rusa se identificaba con la Iglesia ortodoxa rusa. Ha habido tiempos peores: teólogos y demás exponentes eclesiales fueron deportados durante la década de 1920 o ejecutados en la década de 1930. Acercarse a la Iglesia se convirtió al final de los años noventa en una manera de desafiar al gobierno. En los recientes mandatos de Vladimir Putin ganó importancia, pero también ha empezado a ser contestada en la calle.

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Por Xavier Colás, nuestro corresponsal en Moscú.

 

El descontento en Rusia suele reverberar desde el centro hacia las capitales. De las zonas del interior, se dice que su población tiene expectativas más bajas en cuanto al gobierno: por eso hay menos protestas. Pero este año los rusos tropezaron con la Iglesia.

El caso Ekaterimburgo

Ekaterimburgo es el centro industrial de los Urales, y de ahí procedía Boris Yeltsin, el primer presidente de la Rusia poscomunista. Los vecinos se encontraron un día con que parte del parque de la ciudad había sido vallado y cerrado al público. El nuevo propósito de la zona: “Uso religioso”. El gobernador había decidido dar luz verde a los planes de construir una catedral, pese a una encuesta de opinión que mostraba que el 74% de los residentes de la ciudad se oponían a estos planes. En contra de lo habitual, los vecinos fueron más allá de menear la cabeza de un lado al otro. Se organizaron. Durante días se produjeron forcejeos en torno a la valla, parte de la cual acabó en el fondo del estanque.

La construcción de la catedral estaba prevista a la orilla del rio Iset. El futuro templo se quedó en un proyecto: debía sustituir a otro mucho más pequeño, ubicado en otro lugar y derruido en la campaña antirreligiosa organizada por Stalin. En este caso los vecinos ganaron la partida, a pesar de que, una vez más, la iglesia tenía detrás a importantes oligarcas locales que incluso contrataron a expertos en lucha libre y musculosos karatekas para enfrentarse con los vecinos. En este caso el proyecto estaba patrocinado por dos multimillonarios locales: los magnates del cobre Igor Altushkin y Andrey Kozitsyn.

En los últimos años de la URSS había una cierta vecindad entre liberales y religiosos. Luchaban, o mejor dicho resistían, contra el gobierno comunista. “Y la intelectualidad encontró una causa común con los creyentes religiosos tradicionales al exigir la libertad de religión junto con la libertad de expresión y la libertad de reunión”, recuerda Alexander Baunov, analista ruso del centro Carnegie y autor de los libros It's a Small Myth y WikiLeaks: Diplomacy by the Back Door. “Era perfectamente normal ser tanto liberal como religioso”, y de hecho “la cultura de protesta de la época estaba imbuida de imágenes religiosas”.

La Iglesia, el Estado y los millonarios

Baunov escribió hace meses un artículo en Foreign Policy titulado “Los rusos se están hartando de la Iglesia”. Pero en Moscú nadie parece haber tomado nota del texto. La élite ortodoxa rusa ha desarrollado planes para construir su propio Vaticano por una suma de 2.000 millones de dólares en la región de Moscú, según el diario Vedomosti. El Vaticano, Jerusalén y La Meca son los modelos a seguir. La Iglesia planea construir un complejo religioso alrededor del monasterio. Así lo explica un documento de 300 páginas preparado por la vanguardista oficina del Instituto Strelka.

Además, el departamento de administración de propiedades del Kremlin está financiando renovaciones de lujo para la residencia del líder de la Iglesia ortodoxa rusa, el controvertido patriarca Kirill, cerca de San Petersburgo. El propio Kirill es una polémica en sí mismo. Ha pasado de reformista (enfureció a los clérigos ortodoxos al sugerir que la Biblia se leyera en ruso, en lugar del tradicional eslavo eclesiástico) a alfil del poder. Comenzó su mandato como un orador con buena mano en los medios y con amplia experiencia en Occidente. Difuminando la línea entre la Iglesia y el Estado entró en un terreno polémico.

Hubo un tiempo, en los años noventa, en el que la religión fue una protesta de los jóvenes contra el ateísmo oficial de sus padres. Pero pronto los obispos se centraron en proyectos, como la reconstrucción de la grandiosa Catedral de Cristo Salvador, sin modernizar su mensaje. La Iglesia ortodoxa no ha cambiado mucho y desde el regreso del presidente ruso, Vladimir Putin, al Kremlin en 2012, está muy alineada con el poder. Putin ha cabalgado sobre la defensa de valores conservadores preconizados por la Iglesia ortodoxa, en oposición a una supuesta "decadencia occidental”. Los más críticos ven un retroceso permanente de las libertades públicas en nombre de la estabilidad mientras la Iglesia ortodoxa funciona como una herramienta geopolítica engrasada por los oligarcas.

La proyección de los millonarios llega incluso a los asuntos internos eclesiales o las relaciones entre iglesias “hermanas”. Una de las figuras clave que se han opuesto a la reciente independencia de la Iglesia ortodoxa ucraniana es el oligarca ruso Vadim Novinsky, a quien el entonces presidente Viktor Yanukovich le concedió la ciudadanía ucraniana en 2012. Novinsky ha estado amenazando a Ucrania con una "guerra civil por las iglesias en cada pueblo" en caso de que esa Iglesia ucraniana se independizase de Moscú, como finalmente sucedió.

Tres nuevas iglesias por día

La Iglesia ortodoxa rusa sigue centrada en su expansión. El patriarca Kirill anunció que se han construido 25 nuevas iglesias solo en Moscú: en total Rusia construye tres nuevas iglesias por día. La mayor concentración de iglesias les dará a los rusos la oportunidad de sentirse más cerca de Dios, llevar vidas más felices y afrontar las difíciles circunstancias del mundo moderno, dijo el líder religioso en mayo. Miles de iglesias han sido construidas en Rusia desde 1991. Algunos estudios hablan de un 71% de rusos que se consideran cristianos ortodoxos, pero reconocen que sólo el 6% va a misa.

Lo que hoy llamamos Iglesia ortodoxa rusa en sus inicios fue una metrópolis del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla. Durante el siglo XIV, la Iglesia ortodoxa tuvo un papel importante en la supervivencia de la nación. Desde los tiempos de Pedro el Grande hasta Nicolás II fue administrada bajo la estricta supervisión de la Administración del Imperio ruso. Antes de la Revolución de Octubre de 1917, la Iglesia ortodoxa rusa concitaba en sus templos al 70% de los habitantes del Imperio ruso. Con el régimen comunista su importancia declinó. Sólo entre 1917 y 1937, fueron detenidos 136.000. Y de estos, 95.000 fueron fusilados. En 1939, el 85% de los clérigos de la época pre-revolucionaria se habían volatilizado: exiliados, muertos, deportados o presos.

La Iglesia sólo pudo asomar institucionalmente durante los sufrimientos de la Segunda Guerra Mundial. Y en el final de la URSS encontró nuevas almas entre los que buscaban un horizonte nuevo. Pero hoy “el vínculo directo entre el liberalismo y la espiritualidad” al que se refiere Baunov finalmente se ha roto. La época soviética acabó y los bandos han vuelto a repartirse.

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