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Francia

El Bac, una obsesión francesa

Desde pequeños, los franceses saben que su escolaridad desemboca en el Bac. Aquí es presidente Nicolas Sarkozy y el ministro de Educación visitan una escuela. El 21 de junio en La Canourgue.
Desde pequeños, los franceses saben que su escolaridad desemboca en el Bac. Aquí es presidente Nicolas Sarkozy y el ministro de Educación visitan una escuela. El 21 de junio en La Canourgue. ©Reuters.

El caso conmociona a Francia: un día antes del examen de matemáticas del bachillerato, alguien filtró en internet un ejercicio que figuraba en la prueba que debían pasar 165.000 candidatos. Por el momento, tres personas fueron detenidas por vulnerar uno de los pilares de la sociedad francesa: el “Bac”.

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Existen pocas instituciones más francesas que el Bac. Como todo lo que importa en este país, al Baccalauréat (bachillerato) se lo designa con una abreviación. Casi todos los franceses saben que fue inventado por Napoleón en 1808, pero ninguno ignora que obtenerlo significa poder ingresar en la universidad o fracasar ser condenado a la marginalidad y el oprobio.

Porque desde la más tierna infancia, los maestros explican al alumno que la escolaridad y los esfuerzos que conlleva tienen un único horizonte: “obtener el Bac”. Y los padres repiten como un mantra a sus retoños que pueden hacer con sus vidas lo que se le ocurre, pero “primero, pasa el Bac”.

El codiciado diploma no es sólo el prerrequisito para cursar estudios terciarios. Es un rito de iniciación que permite al francés convertirse en adulto, una tradición anual que tiene en los albores de solsticio de verano boreal y en el que participa toda la tribu francesa.

La escenas se repiten idénticas cada mes de junio: familias angustiadas e insomnes en vísperas de que el adolescente pase el examen; librerías atestadas de libros con pistas y resúmenes para prepararse mejor; ofertas en farmacias para dopar las capacidades de asimilación y vigilia; consejos de médicos en radio y televisión para llegar descansados y de psicólogos para enfrentar el desafío, así como una infinidad de leyendas urbanas sobre ediciones pasadas del examen. La más recurrente es la del alumno que en la evaluación de filosofía tenía que disertar sobre la pregunta “¿Qué es el coraje? Y escribió: “El coraje esto” y entregó la hoja con esa única anotación. La última imagen de la secuencia son los niños histéricos descubriendo en las puertas del colegio las listas con los nombres de quienes aprobaron, quiénes lo hicieron con una mención, quiénes tendrán que ir al repechaje y, los últimos, que acaban de convertirse en un paria social.

En la vida de todo francés hay un antes y un después del Bac. Y por si fuera poco, el Bac no termina con el Bac. Años después (décadas después), el francés que participa en eventos sociales, y sobre todo si toma un trago de más, se pondrá a rememorar con una vívida y asombrosa precisión el tema del examen de filosofía, la nota del de matemática, si le había tocado o no justo lo que había revisado horas antes y, de manera invariable, el hecho de que aún hoy sigue soñando, por lo general en una pesadilla, que vuelve a pasar el temible Bac.

Y ni hablar de ese 15% de la población que no lo obtiene. La mayoría se ve privada de una llave esencial para ingresar al mundo laboral, aunque algunos heroicos selfmade men han logrado sobrevivir, incluso tener éxito. El francés conoce los nombres de este puñado de excepciones, lo que no hace más que confirmar la regla de que sin Bac no hay salvación.

Mientras tanto, un colectivo de alumnos y de padres juntó 15.000 firmas y marcha al ministerio de Educación para que el responsable de esa cartera, Luc Chatel, dé marcha atrás en la anulación del ejercicio de matemáticas si no quiere que el asunto llegue a la Justicia, algo que ya están haciendo a título personal varios estudiantes ante distintos tribunales del país.
 

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