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Francia hoy

Las periferias francesas, a diez años de las revueltas

Audio 16:37
Barrio del Chêne-Pointu, en Clichy-sous-Bois.
Barrio del Chêne-Pointu, en Clichy-sous-Bois. AFP/ALEXANDER KLEIN

Hace diez años estallaban impresionantes disturbios en las periferias más pobres de las grandes ciudades francesas. Huyendo de la policía por miedo, dos jóvenes, Zyed y Bouna, se habían escondido en un transformador eléctrico donde perdieron la vida. Este suceso puso en evidencia la violencia policial de la que son víctimas los jóvenes de origen magrebí y africano, y por consiguiente todos los problemas de exclusión y de pobreza. Diez años después, ¿qué ha cambiado? 

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En la Estación del Norte de París se cruzan trenes de alta velocidad, metros y trenes urbanos. Es un punto de encuentro para medio millón de pasajeros al día, así como una frontera entre la capital de una gran potencia y los territorios en extrema dificultad economicosocial de la periferia, la llamada “banlieue”.

Clichy-sous-Bois, en el departamento de la Seine-Saint-Denis, es una de las zonas más golpeadas de Francia con una tasa de 27% de pobreza. Hace diez años estallaron aquí las revueltas urbanas tras la muerte de dos adolescentes de 15 y 17 años, Zyed y Bouna, que habían sido perseguidos por la policía.

Samir Mihi, presidente de la asociación local Au-Delà des Mots (más allá de las palabras), que lucha por mantener viva la memoria de los dos jóvenes, cuenta: “Todo comenzó aquí. El 27 de octubre del 2005 en una central eléctrica de Clichy-sous-Bois murieron Zyed y Bouna. La noticia se difundió muy rápido entre los jóvenes de la ciudad. Se enteraron que policías habían perseguido a los chicos, los vieron entrar en la central y desgraciadamente no los ayudaron”. Fariz Allili, amigo de los dos chicos, no logra olvidar ese día en que le anunciaron por mensaje la muerte de sus amigos.

Les revueltas urbanas del 2005

Eso fue el detonador de los disturbios en la noche del 27 de octubre, que se prolongaron en la noche del 28 y luego se contagiaron a otros barrios populares de la región parisina y muy pronto a las zonas difíciles de todo el país, durante tres semanas.

En la prensa francesa, los titulares describían autos quemados y enfrentamientos entre jóvenes y policías. Según Samir Mihi, las palabras de los políticos en ese entonces le echaron leña al fuego: “Las declaraciones del ministro de Interior de la época, Nicolas Sarkozy, que fue electo presidente poco después, no fueron adecuadas. Pretendió que eran delincuentes en vez de tratar de calmar la situación y de presentar condolencias. Y aunque hubieran sido delincuentes, no quiere decir que merecían morir”.

Para una parte de la prensa extranjera, Francia estaba ardiendo. Andrés Pérez, excorresponsal para el diario español Público y director de la agencia de prensa Sancho Panza Lab, sigue muy de cerca las tensiones en los “barrios olvidados de la República”, como se les dice: “Hay que recordar las palabras por ejemplo de Fox News: ‘guerra étnica en Francia’. Skynews utilizó un término muy próximo, creo que era ‘guerra civil’. Y yo recuerdo con mucho, casi cariño, esas imágenes de estos colegas que iban con camiones de retransmisión en directo y que al final tuvieron que ir acompañados por milicias privadas”.

La repulsa a la discriminación y la violencia policial

Pero, añade, “hablamos de situaciones en las que los jóvenes eran mayoritariamente trabajadores y estudiantes al mismo tiempo”, y buscaban “manifestar su repulsa frente a agresiones policiales”. “Eso no se puede llamar disturbios, eso es una insurrección republicana que lleva en sí lo mejor de la tradición de esta República”, concluye Andrés Pérez.

Zyed y Bouna eran hijos de la inmigración, uno de origen magrebí y otro africano. Los jóvenes de la banlieue vieron en ellos el símbolo de la brutalidad policial de la que son víctimas, y el símbolo de la exclusión social y racial. Con cócteles molotov y piedras gritaban también su descontento por la falta de empleo y oportunidades. Le recordaron al país entero que ellos existían y que las instituciones los habían abandonado.

Para remendar ese tejido social deshilachado, los gobiernos sucesivos han puesto en marcha diversos planes urbanos para ofrecer mejores viviendas diferentes a las colmenas inmensas en donde viven precariamente miles de habitantes. Asimismo, se han creado dispositivos para mejorar la educación de aquellos que no cuentan con un apoyo suficiente en casa para completar una escolaridad con éxito. Sin embargo, todos esos planes no han logrado eliminar los grandes males de la banlieue. Desde el inicio de la crisis económica en 2008, el desempleo en esas zonas ha aumentado un 50%.

Las políticas estatales de renovación y transporte

Durante diez años, Clichy-sous-Bois ha sido uno de los laboratorios de esos programas, pero Samir Mihi considera que “diez años después, no podemos decir que nada ha cambiado. Podemos constatarlo aquí cerca con la construcción de nuevas residencias con un tamaño más humano. A partir del 2016, otro sector será igualmente renovado. Con la llegada del tranvía y el proyecto de conectar mejor los territorios de la región parisina, cambia el rostro de los barrios. Pero me pregunto si se preocupan realmente de la gente que vive aquí”.

La falta de transportes impide a muchos tomar un empleo lejos de su domicilio y refuerza la idea de encierro. La llegada del tranvía representa una gran esperanza para ellos, pero para que cambie realmente el destino de estos miles de jóvenes, hace falta más que nuevas infraestructuras.

Para Samir Mihi, lo más importante para los jóvenes es eliminar la discriminación social y racial: “Para ellos, la mejor manera de luchar contra la discriminación es sancionando las empresas que la practican. Tienen la esperanza de que las cosas cambien. Creo que el cambio empieza con ellos mismos. Muchos de ellos crean sus propias empresas, son plomeros, electricistas... Muchos ya entendieron que los únicos que van a sacarlos de aquí son ellos mismos”.

El cambio como iniciativa personal

Youmino Yor es uno de esos empresarios locales. Forma parte de los pocos –dice– para quienes los sucesos del 2005 fueron una sacudida. En ese entonces, comenzó a construir su proyecto que pudo concretar hace un año: la tienda Dream Team en un pequeño centro comercial. “Tuvimos la idea de abrir una tienda de ropa para los jóvenes. El diseño está hecho por artistas de la periferia”, explica.

Esta tienda es un lugar de sociabilización y también una modesta fuente de empleo o al menos de experiencia laboral. “Aprendo a vender la ropa, a promocionar el producto. Es duro para nosotros los jóvenes encontrar un trabajo, sobre todo con la reputación de Clichy-sous-Bois y con lo que pasó en 2005. Algo sí ha cambiado, la ciudad y sus obras. Es positivo, pero con la policía nada ha cambiado”, añade.

Yourmino Yor considera que “la estigmatización va a seguir si los jóvenes de los barrios populares no cambian su manera de ser, la manera de representar sus ciudades y a sí mismos. La gente los ve como delincuentes, traficantes y ellos perpetúan esa imagen con su comportamiento aunque no lo sean. A ellos les toca mostrar otra imagen”.

¿Hacia nuevas oportunidades de inserción profesional?

De eso se encargan la asociación Permis de Vivre la Ville (permiso de vivir en la ciudad) y su presidenta Marcela Pérez, que trabaja con la agencia de comunicación Tremplin Numérique para ayudar a los jóvenes en inserción profesional: “Es una juventud numérica, pero no existía la hipótesis de trabajar la inserción profesional a través de lo numérico. (…) La idea es que al cabo de un año, ellos puedan ejercer como profesionales liberales o ser la pequeña mano de obra útil en una asociación, una alcaldía, una empresa”.

Kevin, uno de los 36 aprendices de esta agencia de comunicación, explica que “ya estaba en el mundo artístico porque bailo. Pero venir aquí me permitió fortalecer las bases profesionales y técnicas que pude adquirir solo”.

La particularidad de esta organización es que se encuentra en pleno París, a varios kilómetros de Clichy-sous-Bois. Para Binta, que ha sido varias veces discriminada por su color y su origen social, el ambiente de trabajo es benéfico: “He aprendido a trabajar con personas distintas, de horizontes distintos y he podido perfeccionar conocimientos. No somos juzgados por nuestro color de piel ni por nuestros orígenes. Somos simplemente ciudadanos del mundo”.

Si bien asociaciones y planes estatales logran sacar adelante a ciertos jóvenes, la situación en los barrios sensibles no ve una mejoría sustancial. En la Estación del Norte de París se cruzan aquellos que se han beneficiado de los dones de la República y aquellos que no se han podido subir al tren de la mejoría social a causa del barrio donde han nacido, su apellido extranjero y su color de piel.

 

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