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Enfoque Internacional

Mosul: La caza a los yihadistas

Audio 05:16
Un agente de la policía iraquí revisa un automóvil y sus ocupantes uno de los varios puestos de control en Mosul para detener a los yihadistas.
Un agente de la policía iraquí revisa un automóvil y sus ocupantes uno de los varios puestos de control en Mosul para detener a los yihadistas. Hugo Passarello Luna

Mientras que el ejército libra la batalla contra el Estado Islámico, la policía iraquí tiene como principal misión cazar a los yihadistas que se esconden en las zonas reconquistadas. Estas células durmientes representan una amenaza para los civiles y la policía está en alerta máxima en Mosul.

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Dos policías, kalashnikov en mano, retienen a cuatro hombres y los mantienen en cuclillas en una esquina de Mosul. A toda velocidad llega por el bulevar un vehículo blindado. Sin olvidar darle un cachetazo, los policías suben a uno de los hombres al coche que desaparece por el bulevar tan rápido como llegó.

Los otros tres hombres que quedaron en la esquina se ponen de pie para ver partir al blindado. “Se llevaron a mi hermano porque lo acusan de ser un informante de DAESH”, dice uno de ellos utilizando el acrónimo en árabe de ISIS (Estado Islámico de Irak y Siria, en sus siglas inglesas).

La escena se repite, día y noche, por las calles de la parte este de Mosul recuperada de las manos del grupo yihadista Estado Islámico por el ejército iraquí a mediados de enero. Mientras que las fuerzas armadas preparan el asalto de la orilla occidental del rio Tigris, todavía bajo el control del EI, la policía iraquí trabaja a contrarreloj para cazar a los yihadistas que se esconden en el oriente.

“Creemos que en este lado hay entre 80 o 200”, dice el coronel de la policía de Nínive, Usday Asmat Saber. “Vamos a tardar mucho en atraparlos. Yo creo que más de seis meses”, dice Usday en una de las comisarías improvisadas en un domicilio particular.
A veinte metros de la comisaría, sobre un transitado bulevar, el coronel estableció uno de los 14 puestos de control que hay en su sección que cubre un cuarto del este de la ciudad. Fuertemente armados, seis policías detienen motos y automóviles. “Es muy peligroso el trabajo que hacen. Recibimos información que los yihadistas planean atacar los puestos de control con coches bombas y kamikazes”, dice Usday sin quitar los ojos de los coches que pasan.

Los policías fueron uno de los tantos grupos que sufrió la saña de los yihadistas en los territorios que ocuparon. Muchos policías fueron asesinados por los yihadistas, y la gran mayoría tuvo que escapar a otras ciudades. Luego de más de dos años y medio sin entrenamiento, dice Usday, todavía no pudieron ser reincorporados.

“Tenemos un grave problema de escasez de hombres. Antes del EI teníamos 28.000 miembros, ahora sólo 6.000”, dice Usday pero agrega que pronto 3.000 nuevos agentes, que recibieron una formación de dos meses, se unirán a las patrullas de Mosul.

En el jardín de una casa que hace de comisaría, dos hombres arrodillados sobre el pasto y con los ojos vendados esperan para ser interrogados. “Los arrestamos esta mañana. Sospechamos que pertenecen a DAESH”, dice Usday.

La policía obtiene los nombres de quienes colaboraron con el EI de una lista enviada por el Ministerio de Justicia, de informantes secretos en la ciudad y, desde la recaptura de Mosul, de denuncias de los vecinos.

Centro de Operaciones de la Policía en Mosul dónde llegan casi 200 llamadas por día para denunciar a yihadistas.
Centro de Operaciones de la Policía en Mosul dónde llegan casi 200 llamadas por día para denunciar a yihadistas. Hugo Passarello Luna

“Centro de Operaciones de la Policía de Nínive”, dice el brigadier general Abd Abdulkarim al responder el teléfono que no para de sonar. “¿Y en el barrio todos lo conocen?; Entones Abu Arab es del EI, ¿correcto?; ¿A qué hora vuelve a la casa?; Al anochecer entonces”, conversa Abdulkarim con una mosulí que llamó al número especial que la policía destinó para estas denuncias.

“Recibimos entre 150 a 200 llamadas por día”, dice Imad un agente del Servicio Nacional de Seguridad. Alrededor de una larga mesa de madera varios oficiales responden los teléfonos a los gritos para poder escucharse. “Lo importante son los detalles”, recuerda Abdulkarim y todos anotan los datos en unos cuadernos grandes que ya se apilan en la sala de operaciones. “Casi todas las llamadas son sobre los yihadistas. Solo una de cada 100 es sobre otro tema”, agrega Imad, que usa otro nombre por razones de seguridad.

“Tenemos que verificar la información. No podemos simplemente ir al sitio que nos dicen. Puede ser que quieran obligar a nuestras fuerzas a ir ese lugar”, dice Abdulkarim sin olvidad que la policía es un blanco predilecto. “Luego la información se la enviamos a un juez para que autorice la operación.”

Casi todas las denuncias se hacen por teléfono. Son pocos los mosulíes que se acercan a las comisarías. Saben que pueden ser vistos por los yihadistas y el temor a las represalias no se esfumó con la llegada de las fuerzas gubernamentales.

La falta de hombres no permite que la policía pueda cubrir las calles de la segunda ciudad de Irak. Los yihadista aprovechan estos agujeros de seguridad. El pasado 10 de febrero un hombre se hizo explotar en un emblemático restaurante de Mosul. Cuatro personas murieron, entre ellas el dueño, y una decena resultó herida.

“Durante la ocupación del EI, siempre tuve la esperanza que las fuerzas de seguridad volverían. Ahora que perdí a mi hermanito, a mi tío y a mi primo siento que nada cambió y no tengo esperanzas”, dice conteniendo las lágrimas el sobrino del dueño del restaurante que prefiere mantener el anonimato.

Solo tres días antes del ataque el local estaba colmado de comensales, entre ellos muchos militares y policías. El éxito del restaurante era un símbolo para los mosulíes que la vida retomaba su curso normal. Hoy el sobrino, que trabajaba en el lugar, conversa mientras otros barren los vidrios destrozados, arreglan parte del techo caído e intentan limpiar las zonas quemadas por la explosión.

“No veo una acción seria de la policía para frenar los ataques. Lo que pasa es que los vecinos hacen la denuncia sobre los simpatizantes del EI, luego la policía los atrapa pero dos días más tarde están libres. La excusa que dan las autoridades es que no estuvieron involucrados en asesinatos u otros crímenes. Pero no es un tema sobre si alguien asesinó o no. Es un tema de ideología. Tienen esa ideología de matar. No deberían ser liberados”.

Mientas algunos son liberados por falta de pruebas, o de testigos cómo indica un oficial que también prefiere no dar su nombre, otros son víctimas de una ola frenética de arrestos.

“Recién nos llamó un hombre para pedir por la liberación de su vecino que fue detenido sospechado de pertenecer al Estado Islámico”, dice Abdulkarim luego de colgar el teléfono en el centro de operaciones. “La gente de su barrio también negó que ese hombre tuviera algo que ver con los yihadistas. Entonces nos llaman para apresurar la liberación.”

Human Rights Watch advirtió que de las miles de personas que fueron arrestadas en Mosul a la gran mayoría no se le permitió acceder a un abogado o informar a sus familias sobre su situación.

Las fuerzas de seguridad, en su mayoría chiitas, tienen la responsabilidad de evitar cometer los mismos abusos que eran moneda corriente en Mosul, de mayoría suní, antes de la llegada del EI. La batalla para terminar con el terrorismo sectario en Irak no sólo se da entre combatientes.

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