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Los campos de refugiados en Siria, un infierno a cielo abierto

En el campo de Roj, Siria, julio 2019
En el campo de Roj, Siria, julio 2019 RFI/Noé Pignède

Miles de yihadistas derrotados del auto proclamado Estado Islámico, siguen detenidos en los campos que controlan las milicias de las fuerzas democráticas sirias. Las condiciones de detención son caldo de cultivo de agresiones. Mujeres y niños son quienes más sufren de la situación.

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Cinco meses después de la derrota del grupo terrorista Estado Islámico en Siria, el destino inmediato de la mayoría de sus excombatientes quedó definido. Miles de ellos se encuentran detenidos en prisiones de alta seguridad controladas por las fuerzas democráticas sirias. La milicia kurda que controla el noroeste del país tiene a su cargo vigilar a sus enemigos jurados, encarnados en detestados personajes provenientes de decenas de países.

Unas 12 mil mujeres y niños están concentrados en el campo de Roj, donde las agresiones e intentos de fuga se producen regularmente. Días atrás se produjo una nueva agresión a un grupo de los guardias del campo, donde es posible ver cientos de tiendas precarias alineadas y donde sobreviven de manera aún más precaria sus obligados residentes. Según una mujer iraquí cubierta por completo por una burka negra, madre de tres hijos, la agresión se produjo por la falta de ayuda y de atención médica.

Según esta mujer, los guardias kurdos encargados de la vigilancia del campo, conocidos como Assaiech, realizan "redadas nocturnas" para atacar a sus "hermanas"

No todas las detenidas tuvieron el mismo tipo de relación con los yihadistas. Algunas de las residentes se encuentran allí tras haber huido de los terroristas. tal es el caso de Samira, una detenida entrevistada por RFI.  Con su velo morado en la cabeza y un niño de pocos años entre sus brazos, esta belga, prisionera desde hace 18 meses de las fuerzas kurdas, afirma "Es un pequeño Guantánamo. En los hechos no tenemos vida, no tenemos futuro. Vivimos espantadas por las enfermedades. Tuberculosis, tosferina. Y la atención médica no es apropiada.

Sin mi religión, el islam, habría sufrido una depresión, confiesa.

El campo es vigilado también por decenas de cámaras que escrutan casi todos los movimientos. Separadas de las sirias y de los iraquíes, las extranjeras y sus hijos viven en un perímetro cercado. Ha habido tentativas de evasión. Hace días una de ellas intentó escapar de un hospital de la localidad de Malikiya. Tras entrar al baño se despojó de su burka negra y se vistió con un vestido blanco. Pero fue detenida.

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