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Grandes Reportajes de RFI

Israel-Palestina, la guerra interminable

Audio 16:13
La solución del conflicto con los palestinos no parece ser una prioridad para los políticos israelíes (foto: Gaza).
La solución del conflicto con los palestinos no parece ser una prioridad para los políticos israelíes (foto: Gaza). SAID KHATIB / AFP

Desde casi cualquier lugar de Jerusalén se escucha la llamada a la oración de alguna mezquita. De día y de noche. Es un cántico quejumbroso que recuerda dónde estamos, que transmite una cierta paz, pero también hace pensar en un conflicto enquistado con pocas esperanzas de resolverse a medio plazo. Israelíes y palestinos llevan más de 50 años enfrentándose. Impredecibles pero tristemente repetitivos y sangrientos ciclos de violencia agotan los recursos diplomáticos de la comunidad internacional, hastían a los oyentes y lectores de los medios internacionales y provocan en miles de civiles un sentimiento de abandono.

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Por Beatriz Lecumberri, corresponsal de RFI en Jerusalén.

El cántico de la mezquita fue una de las últimas cosas que el joven palestino Mohammed Abu Jdeir escuchó el día de su muerte, el 2 de julio de 2014. Era el mes de oración musulmán de Ramadán y estaba apenas amaneciendo cuando salió de su casa del barrio de Shuafat, en Jerusalén-Este para ir a rezar. Fue secuestrado por tres judíos radicales, torturado y quemado vivo. Su cuerpo apareció horas después. Tenía 16 años.

El caso de Mohammed Abu Jdeir

“No puedo perdonar, no puedo, no puedo, se llevaron mi vida, ¿cómo puedo perdonar si se llevaron lo más precioso que tenía? No es fácil para una madre no saber qué pasó aquel día. Aun ahora, cinco años después, me encuentro esperando a que Mohammed vuelva de la escuela”, cuenta su madre, Suha Abu Jdeir.

El crimen de Mohammed Abu Jdeir conmocionó a israelíes y palestinos. Los tres autores fueron detenidos y juzgados en un proceso doloroso que duró tres años. Cinco años después, en la misma casa que se llenó de vecinos y periodistas en 2014 reina el silencio y se multiplican las fotos del joven asesinado. Hussein, el padre del joven palestino, no oculta su decepción y su asco ante el sistema.

“Rechazamos la condena totalmente. Si hubiera sido un palestino que mata a un menor israelí, ¿qué habría pasado? Primero, sin necesidad de juicio, su casa y la de su familia hubieran sido demolidas. Después, arrestarían a todos los miembros de su familia y después lo condenarían a varias cadenas perpetuas, no sólo una, varias. Nosotros solamente logramos una cadena perpetua y dos condenas de 20 años para los asesinos”, dice.

La familia tampoco ha recibido ningún tipo de indemnización financiera y vive con miedo a que los asesinos de su hijo sean un día amnistiados. A la pregunta de qué ha cambiado, Hussein lanza una mirada llena de tristeza.

“Hace algunos días, los colonos vinieron a Shuafat, prendieron fuego a neumáticos en la calle principal, gritaron: ‘muerte a los árabes’. ¿Cómo se puede caminar hacia la paz así? Yo por ejemplo tengo tierra, pero no puedo construir un apartamento para mi hijo porque los israelíes no me dan permiso, pero ellos sí construyen aquí al lado miles de casas para los colonos”, comenta el padre de Mohammed.

Ser palestino en Jerusalén

Shuafat, la zona de Jerusalén donde vive esta familia es un claro ejemplo de las dificultades crecientes que sufren los palestinos de Jerusalén, que representan alrededor de un 38% de la población de la ciudad, es decir, unas 350.000 personas, concentradas en la zona oriental y la ciudad vieja, y rodeadas de colonos israelíes, que ya rondan los 215.000.

La población palestina se mantiene en la ciudad pese a las dificultades: pese a no ser considerados ciudadanos sino residentes, pese a gozar de escasos servicios municipales aun pagando los impuestos locales y pese a no obtener prácticamente nunca permisos para construir aunque tengan título de propiedad de la tierra.

Meir Margalit, activista israelí, ha empleado más de 15 años de su vida en luchar contra las demoliciones de casas palestinas en Jerusalén a través de una ONG que logró que los índices de destrucción de casas palestinas en Jerusalén pasaran de 150 o 200 por año a 20, hace unos 10 años, cuando RFI lo entrevistó por primera vez.

El acoso de las autoridades israelíes hacia este tipo de organizaciones y la disminución total de fondos hicieron que la ONG prácticamente desapareciera y el índice de demoliciones en Jerusalén se sitúa hoy en torno a 200 por año.

El problema de las tierras

La solución del conflicto con los palestinos no formó parte de las prioridades de los programas electorales de los últimos comicios israelíes de abril. Tampoco ocupa el centro de las conversaciones en los cafés o las tertulias en la radio. Cada sábado algunos israelíes salen a protestar en Tel Aviv contra la ocupación de los territorios palestinos, la política del gobierno de Benjamin Netanyahu y por la paz. Como Meir Margalit reconoce, cada vez son menos.

En mayo de 2014, el papa Francisco visitó Israel y Palestina. Tras celebrar una misa en la ciudad palestina de Belén, algunos cristianos de Tierra Santa tuvieron la posibilidad de almorzar con él y hablarle de sus dificultades diarias. La familia de Elías y Juliette Abu Mohor fue una de ellas. El muro que Israel construye desde 2004 en torno a Cisjordania y Jerusalén iba a atravesar sus tierras y las de otras familias de la zona de Belén, en el llamado valle de Cremisán. Medio centenar de ellas habían presentado el caso ante la justicia israelí para intentar cambiar el trazado de la barrera y no perder sus olivos.

“No queremos perder la esperanza y seguiremos luchando por nuestra tierra, porque llevamos mucho tiempo viviendo aquí. Ahora tenemos acceso a nuestra tierra pero quién sabe qué pasará el año que viene, si podremos seguir yendo. Esperamos que la justicia israelí tenga en cuenta nuestros argumentos y entienda qué significa esta tierra. Nosotros, los palestinos de esta zona solo podemos expandirnos hacia el valle de Cremisán”, explicaba Juliette Abu Mohor.

Pero estas familias perdieron. La justicia israelí siguió permitiendo que el muro avanzara conforme al trazado previsto. Los Abu Mohor han perdido desde el 2014 más del 70% de sus tierras. Una parte fue arrasada para construir la barrera, otra sigue ahí, pero al otro lado del muro la familia no tiene más acceso a estas propiedades. Sólo las pueden visitar en tiempo de la recogida de la aceituna, una vez por año, si piden un permiso al ejército israelí. Al igual que otras familias de la zona se sienten acorraladas.

La solución para algunas familias de Beit Jala ha sido marcharse. Para Elías y Juliette, padres de tres niñas, esta es la pregunta que más duele.

Falta de voluntad política

En julio de 2014 estalló una violenta ofensiva en Gaza que duró varias semanas y se saldó con la muerte de más de 2.300 palestinos, la mayoría de ellos civiles, y unos 70 israelíes, fundamentalmente soldados. La familia Galkowicz vive a 7 km de Gaza. Son judíos de Brasil y Argentina que llegaron en los 80 a Israel y se instalaron en un kibutz, una comunidad dedicada a la agricultura y con un estilo de vida comunitario. En 2005 un misil lanzado desde la franja de Gaza mató a una de las hijas de la pareja, Dana, de 22 años, y destrozó la vida de la familia.

Cada uno afrontó la tristeza como pudo. Natan, el padre, dedicaba buena parte de su tiempo a fomentar el diálogo y otras iniciativas de paz con sus vecinos palestinos. RFI lo entrevistó en 2014 cerca de Gaza. Las alarmas por la llegada inminente de los misiles palestinos lanzados desde el otro lado de la frontera eran constantes e interrumpieron varias veces la entrevista. Pese a vivir prácticamente en la línea de fuego, Natan seguía pensando que la violencia no era la solución y lamentaba la muerte de civiles palestinos a pocos kilómetros.

Cinco años después, por teléfono desde su casa en el mismo kibutz, Natan comparte su desilusión. Los cohetes palestinos siguen cayendo cerca de su hogar, los políticos de un lado ni de otro no muestran voluntad política para resolver el conflicto.

Salud en peligro

En casa de Nivin Habub se habla en voz baja, casi como en un hospital. Esta madre palestina de 42 años lleva siete años enferma de cáncer. Un cáncer de pecho que en otro lugar del mundo hubiera podido curarse sin problema. Pero en Gaza, sometida a un severo bloqueo israelí desde hace diez años, no hay radioterapia ni tampoco la última tecnología de escáneres. Nivin ha perdido la cuenta de las veces que ha solicitado un permiso a las autoridades israelíes para recibir tratamiento en hospitales palestinos de Jerusalén y Cisjordania. El 90% de las veces ha sido rechazada y su cáncer se ha extendido a los huesos.

“Necesito radioterapia y para ello tengo que ir a Jerusalén. La quimioterapia la recibo aquí, pero a veces no entra y no puedo seguir con el tratamiento. Otras veces la que hay no es la que yo tomo, pero me la dan igual, porque si no el tumor sigue creciendo. La ocupación israelí tiene la culpa. Yo estoy enferma y mi prioridad es recibir mi tratamiento. ¿Por qué rechazan nuestras solicitudes de permiso? No es justo. Los enfermos de cáncer corremos el riesgo de morir e Israel nos impide salir para curarnos, aunque sea nuestro derecho”, denunciaba Nivin Habub.

Según datos de la Organización Mundial de la Salud, en 2018 25.658 enfermos solicitaron permiso para recibir tratamiento fuera de Gaza. Un 38% de ellos no pudo salir de la franja. Asociaciones de Gaza afirman que la falta de permisos castiga más duramente a las mujeres. En junio de 2019 Nivin recibe a RFI en la cama. Debilitada y con dolores que no se pasan con analgésicos.

“No puedo caminar mucho, me canso. El cáncer en los huesos me impide salir de casa. Solo voy al hospital. Soy fuerte y tengo una voluntad de hierro, pero esta enfermedad me deja exhausta. Cada vez que pedimos un permiso no nos lo dan, seguimos intentándolo y ojalá en algún momento recuperemos la esperanza”, dice.

Puertas cerradas de Gaza para Nivin Habub, puertas cerradas para sentarse a negociar y hablar de paz. En las calles, la mayoría de la población civil palestina e israelí ya no cree en una solución de dos Estados, uno israelí y otro palestino. Donald Trump prometió un plan de paz que haría historia, pero su publicación se retrasa mes tras mes. El conflicto se estanca y se perpetúa mientras los años pasan y la lista de víctimas crece hasta hacernos perder las cuentas.

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