Cuarenta años de guerra y sufrimiento en Afganistan desde la invasión soviética

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Kabul (AFP)

"Cuando luchamos contra los soviéticos, esperábamos un futuro radiante", recuerda el exmuyahidín Shah Sulaiman. "Desgraciadamente, las cosas han empeorado", comenta 40 años después del comienzo de la invasión soviética en Afganistán.

A finales de diciembre de 1979, el Ejército Rojo entró a Kabul, lo que marcó el comienzo de una década de conflicto sangriento y la emergencia de un movimiento de resistencia al ocupante: los muyahidines, algunos de los cuales se convertirían más tarde en los talibanes.

La "intervención" de la Unión Soviética, como era llamada al otro lado del Telón de Acero, mató a hasta dos millones de afganos, desplazó a otros siete millones y ocasionó la muerte de más de 14.000 soldados soviéticos.

"No trajo más que miseria y destrucción a los afganos y a Afganistán", afirman Sulaiman, quien estaba al mando de una unidad de 12 hombres en el valle del Panshir, al norte de la capital.

Durante las décadas posteriores a la guerra, finalizada en 1989, los antiguos combatientes afganos y exsoldados soviéticos tuvieron que lidiar con las heridas físicas y mentales.

Shah Sulaiman, de 62 años, perdió un ojo y resultó herido en una pierna al pisar una mina en 1985.

Su país, después de la victoria de los muyahidines, se sumió en una terrible guerra civil que provocó decenas de miles de muertos, acabó con Kabul ... y aupó al poder a los talibanes en 1996.

Fueron expulsados del poder a finales de 2001 por una coalición internacional encabezada por Estados Unidos, contra la que todavía luchan los rebeldes. El pueblo de Afganistán no sabe lo que es vivir en paz desde hace 40 años.

- 'La decisión correcta' -

En Rusia, los exsoldados intentan dar un sentido a una guerra condenada por la población y que precipitó el derrumbe de la Unión Soviética.

"Sigo pensando que nuestra presencia en Afganistán fue esencial", estima Ilias Daoudi, de 52 años, un exoficial de inteligencia soviético, que perdió una pierna por una mina en 1986. "Un país grande como el nuestro debe controlar lo que pasa en las regiones vecinas", explica.

El 24 de diciembre de 1979, Moscú ordenó el despliegue de tropas en Afganistán para apoyar a un régimen que le era favorable y reprimir una insurgencia islamista y nacionalista que rechazaba a los comunistas ateos y sus reformas.

En plena Guerra Fría, más de 600.000 soldados de la URSS lucharon en el frente afgano, contra muyahidines armados y financiados por Estados Unidos, incluido Osama bin Laden, fundador tiempo después de Al Qaida, autora del ataque con aviones que destruyó las torres gemelas de Nueva York.

Los excombatientes rusos justifican la guerra diciendo que era necesaria para frenar el auge del islamismo en Afganistán y en las repúblicas soviéticas de mayoría musulmana.

El discurso oficial fue cambiando. En 1989, en el apogeo de la política de "glasnost" (transparencia) del líder Mijaíl Gorbachov, se condenó oficialmente la contienda bélica y ahora se aprueba.

Una comisión parlamentaria rusa apoyó recientemente un proyecto de resolución que afirma que las tropas soviéticas ayudaban a las autoridades afganas a combatir "los grupos terroristas y extremistas".

La decisión de enviar tropas en 1979 fue "la correcta", afirma Vladimir Vchivtsev, de 58 años, un exoficial que se quedó ciego en Afganistán por una explosión en 1987.

- Refugiados -

Siddique Rasulzai, de 58 años, era un adolescente cuando el Ejército Rojo entró en su país. Él dice que "no entendió nada" de lo que estaba pasando.

"No sabía qué era la guerra. Mis padres me explicaron que esto era lo que estaba sucediendo en Palestina. Nunca pensé que aquí duraría 40 años", recuerda Rasulzai, quien comenzó en 1985 un servicio militar de tres años en el ejército afgano, apoyado por la URSS.

En aquel entonces la presencia soviética transformó Kabul. Los edificios se equiparon con calefacción central. Se construyeron carreteras. "Incluso había autobuses que funcionaban con electricidad", recuerda.

"Me gustaban los comunistas. Eran educados, no como los muyahidines", asegura.

Incluso hoy abundan las señales de su presencia. En algunas zonas rurales se ven tanques de asalto desmembrados, otros destruidos o cañones oxidados. En Kabul y Mazar-i-Sharif, las enormes estructuras soviéticas forman parte del paisaje.

Cuando el Ejército Rojo se fue, Siddique Rasulzai se dio cuenta de que "los problemas iban a empeorar". Le siguieron diez años de guerra civil.

En 2015, decidió huir con su esposa e hijos a la India, donde consiguieron el estatus de refugiados.

Decenas de miles de militares de la coalición se marchaban entonces de Afganistán. "Estaba seguro de que cuando se fueran, habría una nueva guerra civil, como después de la partida de los rusos", cuenta.

Ahora Siddique Rasulzai tiene un comercio en Nueva Delhi, pero le cuesta llegar a fin de mes.

"Si los rusos no hubieran venido, no habría habido guerra civil, ni muyahidines" en Afganistán, afirma con un suspiro. Todavía viviría en su país, como millones de afganos, ahora refugiados en todo el mundo.