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El hambre, primer síntoma del coronavirus para los gitanos de los Balcanes

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Tirana (AFP)

Delante de sus miserables casuchas y en medio de un hedor espantoso, las familias gitanas de Albania buscan comida entre los desechos que ya no pueden revender. El hambre es la primera consecuencia del coronavirus para esta minoría de los Balcanes.

Ante el avance de la pandemia, los gobiernos de esta región empobrecida de Europa tomaron distintas medidas para imponer el distanciamiento social, que van del confinamiento al cierre de escuelas.

Unas restricciones que apenas tienen sentido para los cientos de miles de gitanos que viven en lugares superpoblados, cuando no lo hacen en barriadas de chabolas sin agua corriente, en las que lavarse las manos con regularidad es imposible.

Las medidas, además, tuvieron un efecto inmediato en esas familias: el de privarlas de cualquier ingreso.

"Para alimentarnos tenemos que rebuscar en la basura, para encontrar algo de comer, pasta y arroz", explica a la AFP Vanesa Lika, que vive en una casucha miserable en el fondo de un patio, en Breglumas, un barrio de las afueras de Tirana. A sus 15 años, tiene dos hijos, de dos años y 11 meses.

Habitualmente Vanesa y los suyos recogen la basura junto con dos familias vecinas, también gitanas, para revender los materiales a pequeñas empresas de reciclaje.

Pero, a causa de las restricciones, esas empresas cerraron sus puertas, y la pequeña comunidad, de unas cuarenta personas, se quedó sin su medio de subsistencia que le aporta a cada familia unos 100 euros mensuales.

Mirela Vogli, de 18 años, acaba de dar a luz pero la leche no le ha subido. Su vecina rescató una lata de leche en polvo de entre la basura, que le bastará para dos días. "¿Y luego, qué?", lamenta la joven, con la voz cansada, meciendo a su bebé, que no deja de llorar.

- "La pobreza te obliga a todo" -

También en la basura intentan encontrar con qué protegerse del virus, como fondos de botellas de detergente, y productos de higiene.

"Tenemos miedo, intentamos protegernos y proteger a nuestros hijos", cuenta Vanesa delante de los sacos de basura que se acumulan frente a su puerta, intentando calmar a su bebé, en brazos, que no para de toser.

"Sabemos que estas basuras quizá sean portadoras del virus pero no podemos hacer nada. La pobreza obliga a intentarlo todo", comenta Lindita Vogli, suegra de Mirela.

La COVID-19 afecta tanto a ricos como a pobres, pero la crisis sanitaria mundial ha puesto de manifiesto que el distanciamiento social, el teletrabajo y la higiene son privilegios que no están al alcance de todos.

Asociaciones de varios países de la región han alertado de la necesidad de ayudar a esas comunidades, históricamente estigmatizadas, muy vulnerables a la pandemia y a su impacto económico, por la indigencia en la que viven.

Majlinda Veizi, del Centro albanés de Derechos para las Mujeres Gitanas, reclama que se incluya a la minoría "en los programas gubernamentales de ayuda a las empresas cerradas por el confinamiento", pese a que trabajen de forma irregular.

Los niños gitanos ni siquiera pueden acceder a la misma educación que el resto de la población. "La economía informal", como la recolección de plásticos, cartones y metales, la música callejera o la mendicidad, suele ser la única fuente de ingresos de esta minoría, que contaría en los Balcanes occidentales con entre 700.000 y 1,36 millones de personas, según estimaciones del Banco Mundial.

En el barrio gitano de Suto Orizari, cerca de Skopie, capital de Macedonia del Norte, gran parte de la comunidad vive gracias a un mercadillo de ropa barata. Pero estos días, a causa de la pandemia, nadie puede montar sus puestos.

- Doble peligro -

"Esta gente está tanto en peligro sanitario como humanitario", advierte Dragan Gracanin, de la Asociación para la Coordinación de las Cuestiones Gitanas en Serbia, donde más de 5.000 familias viven en barriadas sin agua potable. Dos tercios de las viviendas no están conectadas a la red de saneamiento y el 11% carece de electricidad, según datos oficiales.

"Si tienen hambre, se verán obligados a salir para trabajar. Imaginen que el virus entra en una barriada, sería terrible", añade.

Pues una vida de pobreza también tiene consecuencias en la resistencia a las enfermedades y en la esperanza de vida, subraya Bashkim Ibishi, de la oenegé kosovar Advancing Together. "Si no tienes los medios, tienes los armarios más vacíos, lo que significa menos vitaminas, menos de todo, eres más vulnerable".

La promiscuidad también es un problema.

"¿Cómo puede uno autoconfinarse en un cuchitril de dos habitaciones con sus 12 familiares?", se pregunta.

En Montenegro, una urbanización de 1.300 gitanos cercana a la capital Podgorica fue puesta en cuarentena después de que un hombre, padre de 10 hijos, se contagiara de la COVID-19.

La policía vigila el lugar las 24 horas del día.

Pero tampoco allí el principal miedo viene del virus, que afectó a unas 10.000 personas y causó 250 muertos en la región.

"El corona no es mi problema, eso lo llevo bien", afirma a la AFP Besim, de 38 años. "Mi problema es que ya no tengo ingresos y necesito alimentar a una familia de nueve personas".

La supervivencia de mucha gente depende de las raciones diarias de pan y de yogur líquido que reparte la Cruz Roja. La institución también distribuye productos de higiene y de puericultura, harina, conservas, coles. El gobierno ha devuelto el agua y la electricidad a las familias incapaces de pagar sus facturas.

"Agradezco toda la ayuda, pero dos migajas de pan y dos litros de leche no bastan", se queja Sahu Sefani, de 41 años, preocupado por cómo sacará adelante a sus siete hijos.

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