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Chile

Chile dice adiós a la Constitución de los ‘Chicago Boys’

Con el triunfo del “Apruebo” en el plebiscito comenzó a deshojarse la Constitución que dejó como legado la dictadura de Pinochet.
Con el triunfo del “Apruebo” en el plebiscito comenzó a deshojarse la Constitución que dejó como legado la dictadura de Pinochet. REUTERS - JOSE LUIS SAAVEDRA
Texto por: Angélica Pérez
12 min

“Borrar tu legado será nuestro legado” es la consigna de la mayoría chilena que aprobó en plebiscito la redacción de una nueva Carta Magna para desencuadernar la Constitución de los “Chigago Boys” que convirtió a Chile en santuario del Neoliberalismo. 30 años después del “No” a la dictadura de Pinochet, el país puede abrir el candado constitucional con el que lo encerró el régimen militar antes de cerrar las puertas del poder e irse.

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De nuestra enviada especial a Santiago, Angélica Pérez

El plebiscito del 25 de octubre en el que 80% de chilenos votaron a favor de la opción "Apruebo la redacción de una nueva Constitución por una Convención constituyente" puso fin a la columna vertebral que dejó implantada la dictadura de Augusto Pinochet por más de 30 años de democracia: una Constitución que consagra un régimen político autoritario y un sistema económico que entrega los derechos básicos al mercado.   

La Carta Magna que empieza a desencuadernarse en el país suramericano lleva el sello de un grupo de jóvenes chilenos adinerados, antiguos alumnos de la Universidad Católica quienes, en los años 70, fueron a formarse a la Universidad de Chicago: los llamados “Chicago Boys".

El grupo regresó a Chile durante la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990) con la misión de diseñar, a sus anchas y por encargo del régimen militar, un modelo de país en el que el Estado otorga a los privados la provisión de los servicios.

Ese modelo quedó instaurado en la Constitución que la dictadura dio a luz en 1980.

“El mercado siempre acierta” espíritu de la Constitución de Pinochet 

Guiada por el lema “el mercado siempre acierta” del premio Nobel de economía Milton Friedman y maestro de los “Chicago Boys”, la Constitución de 1980 convirtió a Chile en el santuario del Neoliberalismo.

“Es una Constitución con injertos neoliberales sin precedentes en el mundo contemporáneo” afirma a Radio Francia Internacional el constitucionalista chileno Javier Couso y cita algunos ejemplos: “la Constitución chilena prohíbe la huelga de los trabajadores públicos, hace imposible que los trabajadores puedan negociar colectivamente por área de actividad permitiéndoles solo negociar con los patrones de la empresa en la que trabajan. Además, constitucionalizó la provisión privada de los servicios de salud, de los administradores de fondos de pensiones. Eso se llamó “Orden Público Económico”.

El constitucionalista la resume como una Carta Magna “que no dejaba gobernar” pues, si bien el régimen militar abandonó definitivamente el poder ocho años después del triunfo del No en el plebiscito de 1989, también se aseguró de dejar una Ley Fundamental que hiciera las veces de candado para resguardar al modelo neoliberal que dejaba instaurado.   

Couso: “Esa Constitución impedía incluso a un gobierno acompañado de un Congreso con una mayoría dispuesta a avanzar a formas más humanas de relaciones entre Estado y sociedad. Eso lo vivió en carne propia la presidenta Michelle Bachelet en su segundo gobierno cuando intentó desmontar algunas estructuras neoliberales y, entonces, se enfrentó a un Tribunal Constitucional de un conservadurismo inaudito que echaba abajo leyes de protección a los consumidores o que promovían el sindicalismo y que estuvo cerca de echar abajo una modesta ley de despenalización del aborto”.

A eso hay que agregar que la Constitución de la dictadura previó senadores designados por “órganos cívico militares” que permitieron a la derecha hasta 2005 controlar el senado chileno encargado de someter a votación toda ley que pretendiera cambiar la Constitución.

En ese escenario, los contados intentos de los gobiernos de la Concertación por aprobar leyes más solidarias se hundieron en el senado donde la derecha tenía asegurados, por voluntad constitucional, los dos tercios.     

La fábula del Jaguar y los Pingüinos 

Durante las últimas décadas, el país suramericano fue “vendido” al mundo como el “jaguar” de América latina y se hablaba del “milagro chileno” equiparando su modelo económico con la rápida reconstrucción y desarrollo de Alemania luego de quedar arrasada por la Segunda Guerra Mundial.

Y, sin embargo, otras voces resurgían de las entrañas de ese país. Al rugido del jaguar se enfrentaban lo gritos de los pingüinos: eran las voces de los jóvenes de secundaria chilenos.

En 2006, ocurrió la primera gran movilización estudiantil en democracia conocida como la “Revolución Pingüina”, un levantamiento masivo protagonizado por estudiantes secundarios de Chile a favor del derecho a la educación y contra la privatización del sistema educativo impuesto por la dictadura de Pinochet en la década de los 70´.  

Un lustro más tarde, en 2011, un movimiento estudiantil sin precedes desde la Unidad Popular de Chile cuestionó las bases sobre las que se venía erigiendo el país desde hacía cuatro décadas cuando otro tipo de estudiantes, los “Chicago boys” adeptos de Milton Friedman, introdujeron sus doctrinas económicas transformando al país a nivel planetario en un laboratorio del Neoliberalismo.

Por sus acciones, discursos nuevos y reivindicaciones que rebasaron el marco educacional, el movimiento estudiantil hizo tambalear el edificio forjado en la época de Pinochet, y continuado por los gobiernos sucesivos, pero absolutamente protegido por la escafandra constitucional. 

La estructura del modelo político y económico de Chile se mantuvo a lo largo de esta década. Sin embargo, las organizaciones sociales alertaban sobre la “bomba de tiempo” en que se había convertido la sociedad chilena asfixiada por el modelo de los "Chicago Boys".

Del salto del metro al plebiscito constitucional

El 18 de octubre de 2019, los estudiantes de secundaria se rebelaron, una vez más, contra las desigualdades sembradas por la dictadura y forjadas en democracia.

El salto de los adolescentes al torniquete del metro en protesta por el aumento al precio del boleto para adultos desató, en cosa de horas, un estallido social. “No son treinta pesos, son treinta años” era la consigna de la gente que se volcó por miles a las calles de Santiago desafiando la brutal represión de los carabineros.

La bomba de tiempo había explotado. Y la onda explosiva se escuchó en todo el mundo revelando que a las alentadoras cifras en términos del PIB y de disminución de la pobreza subyace una profunda desigualdad y un altísimo endeudamiento de las familias chilenas que ha terminado por asfixiarles.

Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), el 1 % de los más ricos de Chile posee más de una cuarta parte de la riqueza del país y la deuda de los hogares asciende al 75 % de los ingresos familiares.

Pese a las 12 mil víctimas, de ellas 834 niños y adolecentes,  que llegaros a los servicios de urgencias en menos de un mes de protesta, las 350 personas que perdieron sus ojos a causa de los balines, las 250 mujeres (y algunos hombres) violadas sexualmente en las estacioens de los carabineros, las decenas  de torturados (cifras del informe de Amnistía Internacional), pese a la brutal violencia policial, la gente del 18 de octubre no paró su rebelión y empezó a exigir con más ahínco la realización de una Asamblea Constituyente, como lo venía haciendo desde varios años atrás.

La derecha en el gobierno respondió con un no rotundo. La presión de la calle aumentó. La izquierda opositora se sumó al movimiento social y en noviembre, el gobierno del presidente Sebastián Piñera y los partidos de izquierda negociaron en el Congreso un acuerdo sobre la realización de un plebiscito constitucional.

Y este 25 de octubre se llevó a cabo la histórica consulta popular en la que cuatro de cinco de electores marcaron su cruz en la opción Convención Constituyente como órgano encargado de redactar una nueva Carta Magna más humana en la que los derechos estén por encima del libre mercado. 

No más Estado subsidiario.

Además de juzgarla autoritaria, los propulsores del “Apruebo” reprochan a la Constitución pinochetista el consagrar un "Estado subsidiario" que no provee directamente la prestación de los bienes básicos, sino que la deja en manos del mercado eliminando de sus artículos y numerales a los derechos sociales.  

“La actual Constitución consagra el principio neoliberal de la subsidiaridad del Estado. Los derechos sociales están mercantilizados, es decir que cuando las salud, la educación, la seguridad social es un buen negocio, entonces lo asumen  los privados. Y solo cuando no es un negocio rentable, el Estado asume” explica Radio Francia Internacional  Paulina Vodanovic, presidenta Consejo de DDHH del Colegio de abogados de Chile quien propugna porque la nueva Constitución remplace al Estado subsidiario por un Estado solidario. 

El agua de Chile es privada por mandato constitucional

La Constitución de la dictadura sentó las bases para que Chile se convirtiera en el único país del mundo cuyas aguas están completamente privatizadas tanto es sus fuentes como en su distribución. Hoy comunidades enteras tienen el acceso restringido al agua potable, que es propiedad de empresarios millonarios y grandes transnacionales, y los chilenos pagan las tarifas más altas de América Latina para su consumo.

Que en la nueva Carta de Navegación de Chile el agua no sea más un suculento negocio sino un bien nacional de uso público demanda Hugo Díaz, vocero de la Coordinadora por la Defensa del Agua de Petorca, región declarada en catástrofe hídrica.

Los derechos de los niños no están consagrados en la Constitución

Chile es de los pocos países democráticos, sino el único, del que la ONU acredita que el Estado viola de manera grave y estructural los derechos de los niños a quienes debe proteger. Los derechos de la niñez no están consagrados en la  Constitución redactada y promulgada por el régimen militar de facto e 1980

Mónica Jeldres es la emblemática jueza de familia que, tras una minuciosa investigación, publicó en 2013 un informe - el primero en su género y en su metodología- que reveló el más horrendo y escabroso cuadro de la niñez que se encuentra bajo la tutela del Estado chileno.

La autora del “informe Jeldres” celebra que los derechos de los niños puedan hacer parte de “la hoja en blanco” que los chilenos empezarán a  escribir y desea que “ojalá se escriba” con los niños y adolescentes

Un Estado en el que quepan los derechos de los Mapuches

Otros olvidados por la Constitución de 1980: los habitantes originarios de la Araucanía. Ahora los chilenos tienen la oportunidad de reconocerlos en una nueva carta magna.

La Constitución debería consagrar a Chile como un Estado pluricultural Y debiese incluir el derecho específico a trabajar nuestra tierra y que nos devuelvan la tierra. No más. Eso es todo lo que pide el pueblo Mapuche”, dice Raúl Chihuayan, un indígena de esta comunidad que desde octubre del año pasado, acompaña con su familia al movimiento social de la rebautizada Plaza Dignidad donde se gestó la nueva Constitución de los chilenos.

 

 

 

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