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Vida en el Planeta

La tragedia del Río Dulce en Brasil

Audio 04:53
Vista aérea del Río Dulce contaminado, el pasado 21 de noviembre de 2015.
Vista aérea del Río Dulce contaminado, el pasado 21 de noviembre de 2015. AFP PHOTO/Espirito Santo State Press Office/FRED LOUREIRO
Por: Heriberto Araujo

Las palabras de Dilma Rousseff en la Cumbre Climática de París lo dejaban bien claro. El accidente minero del pasado 5 de noviembre en la localidad de Mariana fue la peor tragedia ambiental de la historia de Brasil.

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El colapso de los diques de contención de una presa minera provocó un vertido de 50 millones de toneladas de residuos. Una oleada de barro tóxico equivalente a 20 mil piscinas olímpicas que arrasó por completo el pueblo de Bento Rodriges y mató a una docena de personas.

Días después, los residuos llegaron al cauce del Río Dulce, una de las fuentes de agua más importantes del estado de Espíritu Santo, y lo tiñeron de color ocre oscuro. La pesca, la ganadería y el suministro de agua de cientos de miles de personas eran interrumpidos. Todo ello por un vertido ocurrido a más de 500 kilómetros en una mina de mineral de hierro, propiedad de la brasileña Vale y la australiana BHP Billiton.

En la localidad de Mascarenhas los ánimos están a flor de piel. El centenar de modestos pescadores que vive en las orillas del río muestran las últimas capturas antes de la llegada de los residuos. Bellos ejemplares que hoy nadie quiere comprar, ante el riesgo de contaminarse con metales pesados y cancerígenos como el arsénico.

Vanda Lopes Rosa, vendedora de pescado de 43 años, cuenta que lo que siente hoy es “odio. Han destruido nuestra vida. No sabemos lo que serán a partir de ahora las vidas de nuestros pescadores, de nuestras familias. Y enojo. Enojo. Porque nadie ha venido a hablarnos, nadie nos ha apoyado. Ningún concejal ha venido aquí. Sólo vienen por votos”.

En los 250 kilómetros a lo largo del río, el panorama es el mismo: aguas turbias, olor hediondo, peces y camarones muertos o agonizando por la falta de oxígeno. En las grandes ciudades erigidas al borde del cauce, el trajín de camiones cisterna cargados de agua para abastecer a la población es incesante.

Como en Baixo Guandu, donde su alcalde, el combativo José de Barros Neto, afirma que “éste no es el primero, no será el último y si no hacemos nada, ni cambiamos la legislación o la ética empresarial del sector de los minerales, sufriremos otros impactos iguales o mayores que éste”.

Brasil es una potencia minera mundial. El mineral de hierro, que alimenta la inconmensurable maquinaria industrial y constructora china, abunda y es exportado a todo el planeta.

Parte fundamental de esa estrategia es una vetusta vía férrea, denominada Vitoria Minas, que irónicamente avanza al curso del río. Decenas de vagones cargados con miles de toneladas de la materia prima necesaria para fabricar acero avanzan imparables hacia el Atlántico, ejemplo de un modelo económico que se remonta a siglos atrás en América Latina y África.

Esa línea férrea, propiedad de la controvertida empresa minera Vale, es precisamente objeto de ataques hoy. Paulatinamente a la emergencia de la tragedia por la contaminación ambiental, la rabia se instala en las comunidades que ven su forma de vida amenazada.

O su entera cosmología, como es el caso de los indios krenak, que hoy lloran lo que consideran la muerte de su río. Su fuente de agua, su pesca, su ocio y su lugar de culto. Durante cuatro días, 350 personas de este pueblo nativo brasileño bloquearon el paso del tren. Hasta que la empresa se reunió con ellos y les prometió recuperar el ecosistema.

Shirley Krenak, una de sus líderes, explica que están pidiendo que se valorice “el agua, la naturaleza, los animales. Pero la gente no escucha. Y si no escuchas lo que decimos, mira la tragedia que pasa. La gente debe entender que esa lucha con la Vale no es sólo nuestra. En absoluto. Ahora es del mundo entero”.

El barro tóxico ha recorrido ya cientos de kilómetros y se esparce por la desembocadura. El Atlántico engullirá ahora en su inmensidad las aguas turbias. Pero a lo largo del cauce del río, las consecuencias de la tragedia de Mariana se intuyen imborrables.

Entrevistados: Vanda Lopes Rosa, vendedora de pescado, José de Barros Neto, alcalde de Baixo Guandu, y Shirley Krenak, líder de los indios krenak.
 

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