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China

Fin de la política del hijo único

Zhao Xingqiu y  su esposo no piensan tener un  segundo hijo porque, según ellos, no es fácil criar un niño en China, Pekín, 30 de octubre de 2015.
Zhao Xingqiu y su esposo no piensan tener un segundo hijo porque, según ellos, no es fácil criar un niño en China, Pekín, 30 de octubre de 2015. REUTERS/Kim Kyung-Hoon
Texto por: RFI
3 min

La flexibilización de una medida adoptada hace tres decenios llega demasiado tarde para toda una generación y resulta demasiado costosa para los jóvenes.

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Las estirilizaciones y los abortos obligatorios practicados durante treinta años confrontan hoy a China al problema del envejecimiento de la población, cuya edad media de cuarenta años es la más elevada del continente asiático. En consecuencia, el número de personas en edad de trabajar comenzará a disminuir a partir del año próximo.

El gobierno de Pekín no ha perdido de vista las necesidades dictadas por el desarrollo económico, motivaciones fundamentales para el cambio de orientación en este campo.

Durante los años duros las familias debían hacer frente a la brutalidad y a los abusos, pero también a la cacería de embarazos clandestinos, lo que condujo a excesos de todo tipo, incluyendo abortos de fetos que ya prácticamente habían llegado a término. A ello se añadían las multas y el castigo no solo a la persona que había violado la ley sino también a las que le habían ayudado.

Sin contar las dificultades para asimilar un cambio cultural drástico, en un país en el que la estructura de la familia numerosa, anclada en las mentalidades, era la base del funcionamiento de la sociedad. El señor Sun lo explica a su manera, sentado en un banco de un parque pequinés : « Si no hay sino un hijo en la familia, todo el mundo tendrá problemas. A eso lo llamamos el 4-2-1: cuatro abuelos y dos padres que dependen de un hijo único».

En cuanto a las familias que burlaron la vigilancia de las autoridades y pudieron tener un segundo hijo, tuvieron que esconderlo. Peor aún, esos niños o jóvenes no existen legalmente y carecen de derechos. Este es otro problema que China deberá solucionar.

Las ONG estiman que los controles no cesarán, pese al cambio de orientación.

Reticencias ante la nueva ley

Las nuevas generaciones no han necesariamente acogido el cambio con entusiasmo. La sociedad ha cambiado: de hecho la ley del hijo único rompió la estructura familiar tradicional. Y por si fuera poco todo es muy costoso.

Las jóvenes parejas consideran que, en caso de tener un segundo hijo, se verían obligadas a recurrir a una tercera persona para confiarle su cuidado. Un servicio caro que frecuentemente resulta inaccesible para la clase media.

Se necesitarán dos generaciones para sentir el efecto del incremento de la población en términos del surgimiento de trabajadores y consumidores que alimenten el nuevo contexto económico.

A ello se suma el cambio de mentalidades. Las familias hoy no funcionan con los patrones de hace treinta años y no parecen estar muy dispuestas a cambiar su modo de vida.

Ya se plantea que aumentar el derecho de hijos a dos no es suficiente. Paralelamente habrá que ofrecer a la población en edad de procrear una serie de incentivos, como en Occidente: guarderías, mejores servicios médicos y ayudas financieras para acompañar eficazmente el crecimiento de las nuevas generaciones.
 

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