Discordia y desquiciamiento: la cara más íntima del conflicto catalán

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Barcelona (AFP)

Parejas que discuten, compañeros de trabajo que apenas se hablan, irritación generalizada... El conflicto político catalán invade las casas de Barcelona y los divanes de algunos psiquiatras, en primera línea para intentar aliviar tensiones.

Octubre comenzó con el referendo de autodeterminación prohibido, marcado por las cargas policiales contra quienes protegían los centros de votación.

Desde entonces, se han sucedido manifestaciones a favor y en contra de la secesión, cruces de declaraciones entre el Gobierno español y el catalán, y muchos otros avatares, ahondando lo que algunos califican de "fractura social".

"El impacto psicológico que están teniendo estos sucesos es muy evidente, en todas las edades", afirma el psicoanalista José Ramón Ubieto.

Incluso entre niños, afirma este especialista, que en el marco de un programa impulsado por el ayuntamiento de Barcelona, está asesorando a directores de centros educativos para "reflexionar" sobre la forma de gestionar la tensión en las aulas.

Cuenta que recientemente trabajó con una niña, a quien la madre de una compañera le preguntó si estaba con "los buenos o los malos", refiriéndose a los policías que el 1 de octubre echaron mano de porras y pelotas de goma para impedir la votación.

O el caso de "otra paciente que le dijo a su marido que había votado una cosa y en realidad votó otra diferente, para evitar una discusión". Y es que según él, "hay una conflictividad de las lealtades", como con los hijos de divorciados.

"Los padres pueden ser unionistas o constitucionalistas, y los hermanos independentistas. Uno está en el medio, y no sabe a quién debe ser leal, si a los padres, o a los hermanos, o a uno mismo, sin saber muy bien lo que es. Todo esto está pasando factura a todos los niveles", explica.

Nuria Lago, una traductora de 64 años que se opone a la secesión, cuenta que está "enfurecida con todo lo que está ocurriendo". "(Los independentistas) me hacen sentir que no soy catalana, cuando yo nací aquí y mis padres están enterrados aquí", dice.

Explica que desde el referendo apenas recibe encargos para traducir documentos jurídicos, una situación que achaca a la incertidumbre creada por el conflicto político.

Y recogiendo un sentimiento generalizado, constata con amargura que "la gente tiene dos discursos y no se escuchan los unos a los otros". "Hay una fractura social entre amigos, familias y parejas, que se están peleando", resume.

"Tuve muchas discusiones con mis padres, que son independentistas, y me han llegado a llamar 'mal hijo'", abunda Ramón, un hombre de 54 años que trabaja en una empresa privada de transporte de fondos.

Del lado separatista, la indignación también está muy viva. "Madrid nos quiere humillar", dice Josep, un ingeniero de 53 años. "No dormimos por la ansiedad que tenemos, y porque vemos que nos están dando palos".

- Llueve sobre mojado -

Los barceloneses ya vivieron un momento traumático cuando la tarde del 17 de agosto, el yihadista marroquí Younes Abouyaaqoub irrumpió con una furgoneta en las Ramblas, un concurridísimo paseo, matando a 14 personas.

Ingeborg Porcar, directora de la unidad de crisis de Barcelona, integrada en la Universidad Autónoma, cuenta que hay "dos tipos de usuarios que están incrementando las consultas de nuestros servicios".

"Unos son los propios afectados del atentado, que estaban intentando reconducir y normalizar su situación (...) El otro grupo de pacientes es gente que ya recurre a servicios de salud mental, y toda esta incertidumbre les hace sentir muy mal".

El problema catalán es la gran cuestión política del momento en España, y los conflictos que allí se viven se han extendido a otros puntos del país, asegura Guillermo Fouce, profesor de psicología en la Universidad Complutense de Madrid.

Según él, en la capital española "está habiendo cierta demanda" de gente "que siente atacada su propia identidad, y que está reaccionando con tensión".

Cree también que por parte de los independentistas y los unionistas "ha habido un manejo intencionado de los sentimientos", pero para defenderse de todo eso, cree que la mejor solución es "que nos riamos de algunas de las cosas que están pasando".

Precisamente, en los últimos días las redes sociales se han llenado de 'memes' (montajes satíricos de imágenes) que ridiculizan la crisis catalana. Más allá de las risas, tiene su utilidad, sostiene Fouce. "Son instrumentos de reducción del estrés, de simplificación, y es bueno que así sea".