Mundial de Sudáfrica 2010

Los 'bafana bafana' sellan la salida de la selección francesa

Djibril Cissé se lamenta tras la decisión del colegiado de expulsar a Yoann Gourcuff en el partido contra Africa del Sur en el Estadio Free State de Bloemfontein, 22 de junio de 2010.
Djibril Cissé se lamenta tras la decisión del colegiado de expulsar a Yoann Gourcuff en el partido contra Africa del Sur en el Estadio Free State de Bloemfontein, 22 de junio de 2010. ©Reuters

Sudáfrica gana por 2 a 1 a la selección francesa y los dos se quedan fuera del mundial. El fracaso deportivo francés es evidente y lo comparten el entrenador Raymond Domenech y los jugadores que lo acompañaron en este proyecto. Finalista del Mundial 2006 con algunos de los héroes de 1998, Zinedine Zidane, Lilian Thuram o Patrick Vieira, Domenech no supo qué hacer con esta herencia. 

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Las eliminatorias y su desempeño en las fases finales de la Eurocopa en 2008 y ahora en Sudáfrica, estuvieron marcados por la mediocridad y la ineficiencia. Clasificada por los pelos, Francia no superó en ninguno de los dos torneos la primera ronda y se ve confrontada a un triple fracaso: deportivo, institucional y social.

Encerrado en una creciente paranoia, Domenech se dedicó a lo que mejor le sale, la provocación, transformando a la selección en un tema de polémica permanente. Su incompetencia quedó en evidencia en este Mundial, al que Francia llegó sin un esquema de juego definido, con jugadores fuera de forma y un clima interno detestable.
Pero el fracaso deportivo no es quizás el más grave.

La gestión de Raymond Domenech fue en efecto avalada por una Federación francesa de fútbol que no supo ni fijarle objetivos, ni enmarcar su trabajo, ni obligarlo a comportarse normalmente. La incompetencia del entrenador no fue sino la consecuencia lógica de una incompetencia similar a nivel de los dirigentes del deporte más popular de Francia, que no vieron, o no quisieron ver, la deriva en la que se habían embarcado y que manejaron de manera catastrófica la crisis que estalló en el equipo el pasado fin de semana.

Pero lo más grave es la crisis social a la que Francia se ve confrontada a través de su selección. En 1998, cuando ganó el Mundial, todo el país festejaba, a través de su equipo, una Francia capaz de ganar gracias a la riqueza de las diferentes comunidades que componen el país. Una Francia rica de sus mestizajes y capaz de reconocerse en todos sus componentes, blancos, negros o magrebíes.

Hoy, la selección se ha convertido en el espejo de una Francia en la que la coexistencia de sus diferentes comunidades es cada día más difícil. El odio que parece reinar entre los diversos clanes del equipo, antillanos, africanos, magrebíes o blancos, es revelador del fracaso de una cierta idea de lo que es, o debe ser, este país. Y estos chicos caprichosos, preocupados sólo por la ostentación de sus riquezas, vulgares y egoístas, se han convertido en el símbolo insoportable de esta sociedad.

Mañana, cuando la selección regrese, un nuevo equipo lo reemplazará, con Laurent Blanc en el banco y seguramente muchas caras nuevas en el terreno de juego. Una nueva generación, la del 98, tomará quizás el poder. Pero las heridas abiertas en el país tardarán sin duda mucho tiempo en cicatrizar.

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