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Argentina

Diego Maradona, la muerte de una leyenda universal

El astro argentino alza el brazo tras el gol de la victoria frente a Inglaterra (2-1) en la semifinal del Mundial México, el 22 de junio 1986.
El astro argentino alza el brazo tras el gol de la victoria frente a Inglaterra (2-1) en la semifinal del Mundial México, el 22 de junio 1986. REUTERS - POOL New
Texto por: Alejandro Valente
9 min

Diego Maradona encarnó como nadie lo mejor y lo peor del fútbol moderno. Con una calidad de juego excepcional, llevó a la Argentina a la cima del fútbol mundial y seguirá siendo uno de los mejores jugadores de todos los tiempos. Murió el miércoles 25 de noviembre después de sufrir una crisis cardíaca en Buenos Aires. Tenía 60 años.

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"No te imaginás lo difícil que es ser Maradona", me confió una noche, mientras comíamos pastas en un restaurante frente al Sena con su esposa Claudia. Fue un momento de rara intimidad con uno de los hombres más populares del mundo. Fue a principios de 1995, cuando tuve el privilegio de organizar su visita a París en nombre de la revista France Football. Tres días y noches de locura fueron suficientes para entender lo excitante y desgastante que podía ser a la vez la vida cotidiana de Diego Armando Maradona.

El entonces joven de 34 años aún no había colgado sus botines, pero había suspendido por la FIFA después de que el control de efedrina diera positivo en el Mundial de 1994. Mientras esperaba la oportunidad de volver a jugar, estaba a punto de embarcarse en un experiencia como entrenador. Todavía estaba en la cima de su gloria, a pesar de un final de carrera frustrado por numerosos incidentes. Había dejado Europa por Argentina, que le perdonó todas sus escapadas, viéndolo como el ídolo que había llevado tan alto los colores de su patria.

Había ganado la Copa del Mundo de 1986 en México con un equipo en el que nadie creía. Era un Mundial donde él fue el centro de atención. Sólo Pelé, en 1970, podía reivindicar un logro individual similar. Con, por supuesto, un partido que pasaría a la historia, el de cuartos de final contra Inglaterra (2-1) con dos goles legendarios : uno al final de un largo derrotero en el que dejó atrás a la mitad del equipo adverso, y otro anotado con la mano sin ser visto por el árbitro. Lo llamó « la mano de Dios". Dos goles que fueron como las dos caras de un mismo jugador, una mezcla de talento y astucia.

Genio y figura. Diego Maradona arma desde antes de mitad de la cancha un gol de antología contra Inglaterra en cuartos de final del Mundial de México 86.
Genio y figura. Diego Maradona arma desde antes de mitad de la cancha un gol de antología contra Inglaterra en cuartos de final del Mundial de México 86. STAFF AFP/Archives

Fue finalista cuatro años después, en Italia, con un equipo aún menos preparado que en México y con una hostilidad en su contra de buena parte de los italianos, exacerbada tras la eliminación del equipo local tras una loca tanda de penales en el sobrecalentado estadio San Paolo de Nápoles, el propio jardín de Diego. Y en 1994 jugó en Estados Unidos la que sería su última Copa del Mundo. Había sido convocado para sostener un equipo sin puntos de referencia y que estuvo muy cerca de no haber clasificado. Maradona había vuelto a brillar en dos magníficos partidos antes de que un error de su preparador físico personal, que le dio un suplemento alimenticio que contenía una sustancia prohibida, precipitara su salida.

 

Un genio sin límites

Para la Argentina de la época, Diego Maradona era el símbolo del éxito en un país que intentaba salir del peor momento de su historia, entre una sangrienta dictadura militar y una democracia incapaz de afirmarse y devolver al país su antigua prosperidad. Este niño nacido en 1960 en un miserable barrio de chabolas, con un padre que trabajaba de la mañana a la noche por un salario escaso y una madre que hacía milagros para mantener a una familia numerosa, descubrió muy rápidamente que, con una pelota en el pie, se convirtió en mago. Su excepcional talento le permitió, siendo aún un niño, sacar a su familia de la pobreza y comprender que todos sus deseos podían ser cumplidos siempre que la relación única entre su pie izquierdo y el balón siguiera siendo excepcional. Y como su apetito por la vida parecía inagotable, nunca se puso límites...

El campeonato argentino resultó ser demasiado estrecho para un genio de su calibre y no demoró mucho en descubrir Europa, comenzando por Barcelona, donde, a pesar de la presencia del entrenador argentino César Luis Menotti, nunca logró integrarse, ni él ni su entorno, a la vida excesivamente política y burguesa que el club catalan exigía. Entre una hepatitis y una grave lesión, la joven estrella argentina descubrió los placeres prohibidos de las drogas.

Dos años más tarde, aceptó un desafío asombroso: ir a Nápoles. Era un club que no existía en la historia del fútbol italiano pero que, gracias al poder de las redes mafiosas de la ciudad, tenía la liquidez necesaria para satisfacer el creciente apetito del jugador y su clan. Siguieron siete años de euforia, durante los cuales, gracias a Maradona, el club se convirtió en una máquina ganadora: dos campeonatos italianos, una Copa de la UEFA, una Copa de Italia y una Supercopa de Italia. Con su ídolo, los napolitanos finalmente encontraron el camino hacia la mesa de los principales clubes del norte del país, AC Milan, Juventus y el Inter de Milan. Fue mucho más que una cuestión de fútbol. Fue la venganza de la Italia de abajo contra la Italia de arriba. Y eso es algo que los napolitanos nunca olvidarán.

Diego Maradona sigue siendo idolatrado en las calles de Nápoles como el jugador que llevó a la cumbre al equipo local frente a los clubes "ricos" del norte.
Diego Maradona sigue siendo idolatrado en las calles de Nápoles como el jugador que llevó a la cumbre al equipo local frente a los clubes "ricos" del norte. Alberto PIZZOLI / AFP

De Nápoles a Buenos Aires, cuesta abajo

Pero la locura casi religiosa que lo rodeó en Nápoles terminó por convertirse en una carga. La relación entre el club y la Camorra, en los que se encontraba atrapado, las innumerables solicitudes de todo tipo que recibía, su nuevo rol de padre tras el nacimiento de sus hijas Dalma y Gianinna, el estatus de mejor jugador del mundo que siguió a su consagración en México, todo ello le llevó a soñar con un ambiente algo más tranquilo. 

En 1989, el empresario francés Bernard Tapie, dueño del Olympique de Marseille, le hizo soñar con un ambiente más tranquilo, y Maradona ya se veía a sí mismo en una mansión con vistas al mar, lejos del ajetreo de las calles napolitanas. Pero su club y sus poderosos aliados no quisieron saber nada y las autoridades italianas comenzaron a mostrarse menos complacientes con el jugador, sobre todo luego de la humillación del Mundial de 1990. Unos meses después, Maradona dio positivo a la cocaína durante un control en un partido de la liga. Fue su primera suspensión, su primer descenso al infierno al que le siguió un arresto hipermediatizado por consumo de drogas en Buenos Aires, sus primeros tratamientos de desintoxicación, y su regreso al fútbol en Sevilla en 1992. Un camino hacia la redención que iba a terminar de nuevo, como hemos dicho, en el verano de 1994...

Maradona tuvo sin embargo energía para volver a jugar en Boca Juniors, el club de su corazón, del que había vestido los colores a principios de los años 80, antes de partir a Europa. Pero no logró volver a la cima y un último partido en 1997, a la edad de 37 años, seguido de un partido de despedida en 2001, fueron puntuando una vida cada vez más caótica, entre las drogas, el alcohol, un sobrepeso que lo obligaría a someterse a una operación de "by-pass" gástrico en 2005, y estancias cada vez más frecuentes en clínicas.

La deriva personal fue también familiar ya que Maradona, que durante mucho tiempo había hecho de su esposa Claudia, a la que había conocido de adolescente, y de sus dos hijas, una suerte de muro defensivo, terminó distanciándose de ellas. Su vida sentimental se volvió difícil de seguir y después de unos años negándolo, terminó reconociendo una docena de hijos naturales.

En ese contexto, el fútbol volvió a su vida de manera episódica, con temporadas como entrenador en varios clubes, en Argentina, México, y por períodos más largos en los Emiratos Árabes Unidos, e incluso en la selección nacional, con un puesto de entrenador que terminó abruptamente tras una dura derrota contra Alemania en el Mundial de 2010.

Un personaje inmanejable

Quienes hoy están acostumbrados a ver a las estrellas del fútbol rodeadas de expertos en comunicación, a gestionar el contenido de sus redes sociales y a organizar sus entrevistas con una estrategia de mercado, se sorprenderían al ver la libertad de expresión que siempre acompañó a Diego Maradona. Sabiendo que su voz era muy escuchada, no esquivaba ningún tema, ya fuera político, social o sobre las dirigencias futbolísticas, que a menudo atacaba. En 1995, estuvo detrás de la creación de una verdadera unión de futbolistas a nivel mundial. Sus vínculos con líderes de la izquierda latinoamericana, como el cubano Fidel Castro y el venezolano Hugo Chávez, fueron estrechas.

Diego Maradona era un admirador de Fidel Castro. En la foto, un encuentro en La Habana el 26 de octubre de 2005.
Diego Maradona era un admirador de Fidel Castro. En la foto, un encuentro en La Habana el 26 de octubre de 2005. - CANAL 13/AFP/Archivos

Al final de su vida, Diego Maradona ya no contaba con la magia de su pie izquierdo, pero siguió siendo una figura clave. El cine, las canciones, los libros, se apoderaron de su vida y le dieron una nueva dimensión, la del mito inmortal. Con la vejez, sin duda agravada por los efectos de los excesos de una vida desenfrenada, descubrimos un Maradona menos exuberante. Sus últimas y raras apariciones públicas mostraban a un hombre que seguía siendo tan popular como siempre aunque le costara caminar, hablar claramente y hacer memoria.

Queda claro que era difícil ser Maradona todos los días. Muy difícil. Sus admiradores, todos los que alguna vez vieron a este niño con la zurda incomparable, deben ahora aprender a vivir sin él. Probablemente será igual de difícil...

Alejandro Valente es jefe de Deportes en Radio Francia Internacional

 

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