Rumania/Gitanos

Viaje al corazón de la fiesta gitana

Los comensales disponen las comida de tal manera que parece una competición de la mejor mesa.
Los comensales disponen las comida de tal manera que parece una competición de la mejor mesa. ©Aída Palau/RFI

“A Nicolas Sarkozy de Francia, aunque nos expulse, no importa porque aquí nos lo sabemos pasar muy bien”, con esta frase da comienzo el baile en uno de los escenarios del festival anual de gitanos de Costesti. Cita que se celebra a los pies de la montaña Muntii Capatanii en un enclave dominado por una loma reservada a los gitanos ilustres como su rey, Florin Cioaba.

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Por la enviada especial a Cotesti (Rumania)

El lugar está a 250 kilómetros de Bucarest y 4 horas de viaje en coche, la mitad por una carretera nacional y la otra en autovía, “la que construyó Ceaucescu, porque ahora el presidente Basescu dice que los rumanos no necesitan autovías”, dice irónicamente nuestro chofer, Silvio.

Este año el multitudinario festival llega a su 40 edición, durante cuatro días, desde el 8 al 12 de septiembre, 7.000 personas bailan y comen hasta decir basta. Las laderas están cubiertas por los centenares de tiendas que resguardan del sol los suculentos banquetes. Cada familia tiene una, algunas se semejan a los toldos que se utilizan en los banquetes de boda, otros son meras sombrillas de playa.

Fotogalería del Festival Romanilor

Son como vitrinas en las que abundan el vino, whisky, cochinillos, corderos asados, jamón curado y delicias varias. “Es como una competición, dependiendo de lo bien guarnecida que esté la mesa, sabes si la gente tiene dinero o no”, explica Andrei, que nos aclara que él no es gitano, sino rumano, aunque desde pequeño convive con ellos.

“Con el tiempo se han ido civilizando y se han integrado entre los rumanos así que las relaciones actualmente son buenas. Hace 30 años los gitanos viajaban en carros tirados por burros, ni siquiera caballos, imagínate lo pobres que eran. Donde les gustaba, se quedaban y montaban su campamento. Viajaban por todo el país vendiendo calderas porque hace 30 años aún existía este negocio y compraban oro, sólo oro, tienen mucho oro”, explica Andrei.

“Hay algunos que son muy pero que muy ricos y otros que son realmente muy pobres. Algunos se hicieron ricos haciendo todo tipo de negocios, son muy buenos negociantes”, prosigue Andrei, chofer de profesión.

El Festival Romanilor es el principal encuentro de gitanos de Rumania, hasta aquí convergen gitanos de todo el país como lo atestiguan las largas colas que se montan ya varios kilómetros antes de llegar donde los coches de marca y de alta gama abundan. Aquí vienen a celebrar la Natividad de la virgen María. Rezan por la noche y se divierten por el día. En esta ocasión, el presidente francés está en boca de todo el mundo por las expulsiones, tema caliente en estos últimos días de verano, aunque la mayoría de los festivaleros nunca ha tenido que emigrar ni ha pisado suelo francés.

“Sarkozy incumple las leyes europeas, en primer lugar la de la libre circulación, los gitanos no necesitan su dinero, es humillante y denigrante que intente comprar la dignidad humana con 300 euros”, explica el rey Florin Cioaba resentido con el presidente francés aunque no con el gobierno rumano al que disculpa por haber aceptado las expulsiones por una cuestión de tacto. “El gobierno rumano ha actuado bien, a nivel diplomático es cierto que ha hecho lo que tenía que hacer”, nos añade Cioaba.

Son gitanos caldereros, herreros, cuchareros o circenses. Pocos son los que aún ejercen la profesión de sus antepasados pero así se identifican “Ahora ya no hacemos calderas, bueno pocas, nos dedicamos más bien a los negocios”, explica Mijail sin querer especificar cómo se gana la vida para llegar a cobrar 2.000 euros, lo que nos dicen que cobran por mes.

Aquí se viene también a negociar el matrimonio de los adolescentes. Las niñas tienen que tener 14 ó 15 años porque así son vírgenes, los varones tienen unos 18 años, “pero el matrimonio no se celebra hasta la mayoría de edad”, -explica Vasile-. Yo tengo a todas mis hijas casadas y las prometí muy jóvenes así se tiene la garantía de que son vírgenes”.

“Soy calderero y chatarrero”, dice con orgullo este hombre de 45 años, a la recurrente pregunta de estos días, qué piensas sobre la expulsión de los gitanos de Francia, nos quiere aclarar que no todos los gitanos son iguales: “Yo me gano bien la vida aquí, honradamente, no he tenido que emigrar, pero le voy a decir una cosa. Sarkozy los expulsa pero a los dos meses volverán, no hay ningún problema, porque esta es la filosofía, si les gusta la vida allí, volverán”.

Vasile nos presenta a su familia: “La de blanco es mi mujer y señala a una de las tres mujeres con largas trenzas que están bailando alegremente “manele”, una música que mezcla la música tradicional y los ritmos actuales. Cuando le preguntamos si podemos hablar con ella, la respuesta es un categórico: “no”.

Engalanada con pendientes, collares y dientes de oro, Fraga es la única mujer gitana a la que nos hemos acercado que ha accedido a hablarnos, eso sí previo visto bueno de los hombres de la familia. Tiene 26 años y nunca ha ido a la escuela. Es analfabeta. “No sé leer pero sé contar”, nos confiesa con una sonrisa pícara y su tío asevera: “Los hombres trabajan y las mujeres administran”. Tiene dos hijos que sin embargo quiere que lleguen lejos. “Quiero que estudien, el pequeño de cinco años está en la guardería y la mayor de nueve años ya está en el tercer curso”, dice esta joven mamá antes de desaparecer con su prima para dar una vuelta por el mercadillo.

Queremos preguntar más pero Mijail nos interrumpe zanjando: “Mira aquí no todos somos iguales, hay gente que pide en la calle y hay otros que trabajan, como nosotros, que no necesitamos irnos a ningún sitio. Ahora tenemos que matar y asar el cordero”, termina Mijail invitándonos al convite.

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