Reportaje

La desesperada odisea para llegar a Europa Occidental

“La botella es lo más preciado que uno tiene”, sostiene Alí, uno de los migrantes.
“La botella es lo más preciado que uno tiene”, sostiene Alí, uno de los migrantes. Foto: Ricardo Abdahllah.
13 min

Centenares de personas que huyen de la violencia en Siria e Irak intentan cruzar por tierra la frontera húngara desde Serbia antes de que se endurezcan las medidas para ingresar en la zona Schengen. Sueñan con el Reino Unido o Alemania. Pero para eso deben sortear obstáculos humanos y materiales. RFI acompañó en este difícil periplo a un grupo de migrantes.

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Por Ricardo Abdahllah, Palic, Serbia

 Desde las seis de la mañana, a la hora en la que se abre la mayoría de las ventanillas de venta de la congestionada estación de autobuses de Belgrado, las familias de refugiados comienzan a reunirse alrededor de la plataforma 5. Desde allí salen los autobuses hacia Kanjiza y Subotica. La compañía Lasta ha tenido la idea de pegar en varios lugares de la estación la fotocopia de un anuncio que, mapa incluido, indica que esa es la ruta hacia la frontera con Hungría.
Esa hoja de papel es el único letrero en inglés de toda la estación donde todos los anuncios están escritos en Serbio y, más aún, en alfabeto círilico.

“Antes teníamos una salida a las seis y media y otra a las nueve, pero ahora tenemos más buses que vamos mandando a medida que se llenan”, dice Ljuba, una empleada de la compañía de autobuses. “Algunos días hemos sacado diez buses en un día”, añade.

También ha explotado la demanda de tarjetas SIM. La vendedora de un kiosco dice que encargaba unas cincuenta por semana y que ahora las agota en un día. Que le traen más a mediodía.

A esa hora los refugiados esperan estar en Subotica, pero a las siete y cuarenta y cinco de la mañana aún no hay señales del bus de las seis y media. Las familias que esperan aprovechan para bañarse en los lavamanos de la estación, tomar un café y cargar sus teléfonos celulares. Cada cinco minutos, cuando entra un autobús a la estación, todos levantan la mirada para verlo dirigirse hacia otra plataforma. Aunque nadie pregunta, dos empleados de seguridad explican diplomáticamente que el bus está retrasado, pero que sí, que la plataforma cinco es el lugar correcto.

El primer autobús llega casi a las ocho. Aunque es obvio que no habrá lugar para todo mundo, la gente se acerca con calma. El conductor aclara que pueden subir los que tengan un tiquete que diga “seis y media” impreso y no, como la mayoría, escrito con lapicero. “Esos son para los buses extras. No demoran en venir”.

Los afortunados meten sus mochilas en la bodega. Uno de ellos se sienta entre los equipajes y bromea diciéndole al conductor que le paga si lo lleva allí hasta Alemania.

Los demás siguen levantando la mirada cada vez que entra un bus. Cuando llega el segundo, media hora después, varios desisten y dicen que van a dar una vuelta hasta que venga el de las nueve y media, lo que hace que en el tercero de la mañana, que llega diez minutos después, sobren ocho puestos.

“Vaya y dígale a sus amigos que hay lugar”, le grita al conductor a un joven. Llega un grupo de once, en su mayoría mujeres y niños, que explica que si no pueden llevar gente de pie prefieren esperar para no tener que separarse.

Tres jóvenes kurdos se ofrecen para dejarles sus lugares, algunos pasajeros cambian de puesto para que los del grupo sigan juntos. Cinco minutos después el bus está en silencio porque casi todos se han quedado dormidos. Los pasajeros han pasado una o dos noches en el parque vecino a la estación, que se ha convertido en un campamento improvisado en el que a esa hora todavía arden fogatas improvisadas para ganarle al frío de la noche.

 
Buscando a Los Beatles
 
Aunque los refugiados han comprado su pasaje como cualquier pasajero que va hasta Subotica o Kanjiiza, los conductores no los llevan a las estaciones de autobuses de esas ciudades sino hasta un campo instalado en las afueras de la segunda de ellas. “Esas son las instrucciones de mi jefe”, dice el conductor, un belgradés de nombre Stanislav.

El campo de refugiados tiene quince tiendas de campaña cada una con capacidad para veinte personas. Allí se quedan los que tienen un certificado que han recibido al cruzar la frontera desde Macedonia, en él que se les autoriza a permanecer por 72 horas en Serbia para presentar una solicitud de asilo. En el caso contrario, están obligados a abandonar el país.

El caso contrario es siempre. En el campo de Kanjiza permite a los refugiados descansar una noche y recibir tratamiento médico ambulatorio en general por infecciones de la piel o respiratorias.

“Han dejado instalar un par de tiendas extras para los que van llegando, pero así como llegan se van yendo, así que no creo que por ahora se vaya a sobrepasar la capacidad del campo”, dice Alí, un estudiante marroquí establecido hace tiempo en Belgrado que se ha ofrecido como voluntario para servir de intérprete a los refugiados.

Es mejor intentar las vías del tren. Los refugiados no quieren perder tiempo porque temen que las medidas se endurezcan en los próximos días.
Es mejor intentar las vías del tren. Los refugiados no quieren perder tiempo porque temen que las medidas se endurezcan en los próximos días. Foto: Ricardo Abdahllah.

 
El punto de tránsito oficial más cercano es Horgos, pero un buen número decide probar suerte desde Palic, una localidad entre Subonica y Kanjiza, cuyos habitantes viven del alquiler de villas para los turistas y donde existen numerosas casas de veraneo.

“Es cierto que antes nunca se veían árabes por aquí, pero tampoco es que uno esté pensando en eso. La gente es muy correcta, se queda apenas un rato y ni siquiera deja basura”, dice Andjela, administradora de varias casas de turismo mientras almuerza en la mesa exterior de un restaurante cerca del lago que ha dado su fama de centro de veraneo a la región.

A unos cien metros, al otro lado de la carretera que divide la ciudad, varios refugiados kurdos yazidíes se protegen del sol junto al muro de una estación de tren. Lejos de la idea de que quienes vienen son “hombres jóvenes que buscan trabajo “, el grupo está formado por tres hombres adultos, tres adolescentes, tres niños de entre tres y ocho años, dos mujeres y un hombre mayor. Su nombre es Haushar y es él quien muestra las marcas de los hematomas en su rostro que le dejó una golpiza que recibió hace meses en la localidad de Sinjar, en Irak.

“También a él lo golpearon los policías de Al-Assad”, dice señalando a uno de sus familiares, “pero nosotros no huimos por eso. Huimos porque llegó Daesh [el grupo Estado Islámico]”.

Uno de los adolescentes se pone de pie. Explica que Daesh mató a los vecinos. Para hacerse entender, hace el gesto de una ametralladora y luego de un cuchillo cortando el cuello.

“Había un tipo en Macedonia que nos dijo que podía llevarnos directamente a Estados Unidos. Sin caminar más, sin problemas de papeles. Asi, directo”, dice Samokdar, sobrino de Haushar, acompañando con el sonido de un jet el gesto de un avión despegando que hace con las manos. “Nos ilusionamos cuando lo dijo pero luego nos pidió ocho mil euros por persona. Imagínese y nosotros somos doce. Tres familias”, precisa.

Las tres familias han atravesado Turquía, Grecia y Macedonia. El camino les ha tomado trece días. La noche en el campamento de Kansija ha sido la única “en un colchón y con cobijas”.

“Pero lo más difícil es cuando no podemos bañarnos o lavar la ropa. Yo les digo que lo importante es lucir siempre limpios. Que nadie piense que venimos a mendigar o a robar porque es a nuestro pueblo que representamos”,dice Haushar. Tiene razón. Todos lucen impecables. Uno de los adolescentes, de unos quince años, incluso ha logrado conservar su peinado a la James Dean. Cuando pregunto a la familia cuál es su destino final, y antes de que los otros digan “Alemania” o “Estados Unidos”, él se adelanta para contestar: “Liverpool. Quiero vivir en la ciudad de los Beatles”.

 
La frontera inalcanzable
 
En Google Maps o cualquier otra aplicación GPS de esas que los refugiados tienen instaladas en sus teléfonos, la frontera húngara se ve a proximidad de Palic. Es mentira. Uno no sabe lo lejos que queda una frontera hasta que tiene que caminar hasta ella.

El grupo de Alí viene desde Siria, “pero como algunos somos muy morenos la gente pregunta si somos hindúes. Nos ven como Apu el de Los Simpsons”, dice cuando comienzan el trayecto desde Palic. Con él viajan sus dos hijos, Mehli y Zahira, de ocho y seis años. Y su suegra Maira, que lleva un velo tradicional. “La madre de los niños desapareció. Estaba en otro pueblo un día que hubo un bombardeo. Como a los tres días pudimos pasar para preguntar, pero nadie dio razón de ella. Eso fue hace un años”. Otras dos familias viajan con él. Son las tres de la tarde. En la calle Josipa Kolumba, que llevan hacia la salida del pueblo, una pareja de lugareños que poda el pasto de una de las villas de vacaciones los mira con curiosidad. “Vemos pasar unos cinco grupos durante el día. Excepto cuando hace mucho calor. Por la noche pasan más. Sabemos porque los perros les ladran”.

Los niños del grupo tienen miedo de los perros que ladran y se cuelgan del pantalón de los adultos para protegerse. Los más pequeños del grupo juegan a corretearse. A esconderse detrás de los arbustos que bordean el camino. Los niños del grupo quieren coger melocotones de un cultivo vecino. El padre de los otros dos, que no quiere decir su nombre, los reprende. Alí me traduce que les dice que no se cogen frutas sin permiso. Para entonces la propietaria se ha acercado. Alí le dice que si puede regalarles algunos duraznos para los niños. Ella les llena cuatro bolsas, les pregunta si quieren agua y les llena las botellas de plástico que llevan.

“La botella es lo más preciado que uno tiene”, dice Alí. “Nunca nos han negado agua, pero si no tienes donde echarla te tienes que aguantar la sed”, agrega.

Por eso a lo largo del camino no hay botellas de agua abandonada. Toda la basura que uno encuentra en esa ruta por la que pasan trescientas o cuatrocientas personas cada día son pañales. Y un desteñido documento de identidad escrito en árabe. En cambio se ven las huellas de todo tipo zapatos, muchos de ellos en talla pequeña.

Tras una hora de camino, Mehnid, un hombre de unos cuarenta años, se desmaya. Los niños se ponen a llorar y los adultos que van más adelante y le han sacado algo de ventaja al resto del grupo regresan corriendo. Discuten si lo mejor es ponerle los pies hacia arriba. O darle agua. O quitarle la camisa. Hacen las tres cosas.
Cuando recupera la conciencia, los niños ya no lloran, pero él sí. Otro de los hombres le dice que no llore. “Debería darte pena desmayarte con todas esas reservas que tienes”, le dice agarrándole el estómago.

“Pero todos los días esto. Todos los días esto”; repite Mehnid. Habla de la caminata y del calor.
“Párate hombre, mira que los niños también están caminado lo mismo”, dice el otro.

 
El grupo alcanzará la frontera hacia las siete de la noche y se detendrá a unos doscientos metros de la alambrada porque del otro lado está estacionado un auto de la policía húngara con las ventanas abiertas. El margen de error de Google Maps hace que el puntico de posición aparezca del otro lado, pero la frontera sigue estando tan lejos como al principio.

 
Los viajeros nocturnos
 
Su grupo se ha ido durante la tarde, pero una infección en dos heridas que se hizo con una cerca en Macedonia obligan a Mohamed, de Mosul, a regresar al campo de Kanjiza. “Me duele mucho y tengo fiebre. Toque aquí. Espero que no me tenga que ir al hospital, porque después es más difícil alcanzar el grupo si ya no están en Hungría”, dice.

Mohamed espera que lo lleven en uno de los taxis. “¿Cuáles ?”, pregunto. “No he visto uno en todo el día”. “Ahora llegan”, dice.

Aparecen a las nueve en punto, uno tras otro. Algunos llevan un letrero hecho en cartón, pero la mayoría son taxis legales, con matrícula y taxímetro. Traen a las personas que han llegado a Subonica en el tren de la tarde. Por ocho kilómetros, una carrera que cuesta apenas dos euros para los turistas y los locales, piden diez por pasajero. Un hombre con un contenedor de plástico en el parque vecino de la estación de tren. “Una presa de pollo con pan por sólo diez euros”, anuncia. En los restaurantes vecinos, una pizza con bebida vale cinco euros.

“¿Qué se le va a hacer ?”, dice Mohamed. “Toda esta gente que viene ya lo ha perdido todo. Su trabajo, sus casas, lo que habían construido a lo largo de toda la vida. Uno va pagando lo que le van pidiendo”.

En media hora hay unas doscientas personas entre el parque y la estación de tren. Uno de los que ha llegado en los taxis se llama Ale. Trabajaba en la construcción en Arak, cerca de Palmira. Dice que comenzó como obrero, y llegó a ser propietario de una empresa con veinte empleados.

“Cuando todavía se podía mandé a mi mujer y mi hija a Alemania. Ellas están cerca de Hamburgo. Con gente que conocemos. Unos sirios que están instalados en Alemania, yo me quedé en la casa para no abandonarla. Luego ya no pude salir. Ahora vengo con un amigo y su familia, pero él no pudo atravesar la frontera en Macedonia con nosotros porque ese paso fue muy violento y a él la policía lo retuvo. La policía serbia ha sido muy amable. Tanto que nos dicen ‘Welcome, welcome’. Hoy pude hablar con él. Dice que ya pasó y va hacia Belgrado, así que lo esperamos aquí”.

 
El resto de los grupos discute las posibilidades. Seguir las vías del tren hacia Horgos parece más sencillo en medio de la noche, pero si lo hacen tendrán que pasar por un punto “oficial”.
“Lo que nos preocupa es que ahora la policía húngara está pidiendo las huellas y si a uno le toman las huellas en Hungría ya no puede seguir hasta Alemania”, dice Firdos, de Mosul. La noticia no ha llegado hasta Palic, pero ya a esa hora Angela Merkel ha anunciado que para los refugiados de Siria se hará una excepción a la cláusula de los Acuerdos de Dublín que obliga a quienes solicitan a asilo a hacerlo en el primer de país en el que entren a la Unión Europea. No está claro si la decisión cobija a quienes huyen de ISIS, en particular a quienes son originarios del kurdistán iraquí.

La otra opción es tomar el camino del bosque, por el que se han ido los grupos de la tarde, y pasar por la alambrada esperando no encontrar al otro lado una patrulla de la policía húngara.

“Pero qué miedo por el bosque. Qué tal que haya ladrones”, dice una de las mujeres que espera. Su hija sostiene una muñeca entre los brazos.

Menos de una hora después, la decisión ha sido tomada. Es mejor intentar las vías del tren. Los refugiados no quieren perder tiempo porque temen que las medidas se endurezcan en los próximos días. Antes de las diez sólo los que acompañan a Ale siguen en el parque. El resto han empezado a caminar.

 

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