IDEAS

Defenderse con palabras, la ética de Michel Lacroix

®LPeters

El filósofo francés, autor de “Palabras tóxicas, palabras benevolentes, por una ética del lenguaje”, recomienda en esta entrevista desarrollar un ‘arte marcial del lenguaje’. Michel Lacroix evoca los principios de una ‘palabra de resistencia’, pensada para un mundo donde proliferan los 'heridos por el lenguaje'.  

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Las palabras pueden causar un inmenso bien, pero también heridas irreparables. Por eso el filósofo francés Michel Lacroix recomienda en esta entrevista con Caroline Lachowsky desarrollar un “arte de la defensa de uno mismo en el lenguaje”.

Usted parte de la constatación de que nuestras palabras tienen un enorme impacto psicológico. ¿Por qué?

Estamos inmersos en un mar de lenguaje hecho de palabras cuyo impacto puede ser positivo o negativo. Las palabras de cortesía, por ejemplo, pueden tener un impacto positivo moderado. Son esas palabras que garantizan los intercambios cotidianos como ‘buenos días’ o ‘gracias’. Pero también hay palabras que pueden sumirnos en un profundo abatimiento.

¿Por ejemplo?

Si escucháramos con atención lo que los padres son capaces de llegar a decir a sus hijos, nos daríamos cuenta de que, por desgracia, hay un cierto número de palabras que pueden causarles un gran impacto negativo. Por ejemplo, al expresar dudas sobre sus capacidades, críticas a propósito de cuestiones esenciales. Me refiero a esas frases que pueden poner a tambalear la autoestima de los hijos, que pueden hacerles perder la confianza en ellos mismos.

Entrevista en francés a Michel Lacroix

Los padres pueden causar a veces daño con ciertas palabras, pero de manera involuntaria.

Sí, usted tiene razón. En ocasiones son palabras pronunciadas de manera imprudente. Decir a un niño, por ejemplo, “qué tonto eres”. Ésa es una expresión banal, pero a fuerza de repetirla puede convertirse en un ‘hábito de lenguaje’ que puede causar estragos. El niño puede convertir esa idea de sí mismo en una suerte de camisa de fuerza de la cual será muy difícil liberarse cuando sea adulto. 

Hay palabras ofensivas que nos han marcado profundamente. Pero, al mismo tiempo, olvidamos con facilidad las palabras ofensivas que nosotros mismos hemos pronunciado, y que tal vez han marcado a otra persona. ¿Qué piensa de esta diferencia?

Sí, esa disimetría que usted evoca es sorprendente. Y es por esa razón que debemos reflexionar sobre las palabras que dirigimos a los hijos, a la pareja, a los familiares, a los amigos, a los colegas, etc. Es necesario hacer un esfuerzo por ‘des-centrarse’, es decir, tratar de ponerse en los zapatos del otro, recordar que la otra persona es un ser sensible como yo y que por eso debo ser muy cuidadoso en el trato.

Usted aconseja a sus lectores desarrollar un “arte marcial del lenguaje”, pero quisiera saber si usted mismo tiene talento para afrontar el conflicto en el lenguaje.

En absoluto. No soy de los que tienen una respuesta espontánea para cada  situación. Me ha tomado largos años aprender algunas cosas básicas. Yo sería feliz si hubiese nacido con el talento de responder en toda situación, es decir, con ese arte de la defensa de uno mismo en el lenguaje. Ese arte consiste en encontrar la palabra exacta para responder cuando alguien nos maltrata con sus palabras, cuando alguien nos agrede verbalmente con un insulto o con una crítica acerba, cuando alguien nos acosa, etc. Esto requiere mucha sangre fría porque la respuesta no debe ser excesiva. Debo permanecer en el elemento del lenguaje, utilizando palabras que puedan convertirse en un muro de contención a los ataques verbales.

La idea entonces es defendernos, pero sin caer en la agresividad.

Exacto. Hay que encontrar el justo equilibrio. Hay que evitar, por un lado, una actitud de completa sumisión, de 'arrodillado', refugiándose en un mutismo que no es otra cosa que una mera claudicación. Pero hay que evitar también la escalada, no hay que dejarse llevar por una espiral de palabras cada vez más violentas. El arte marcial del lenguaje que yo preconizo requiere un gran dominio de sí mismo.

¿Se han interesado los filósofos en este arte?

Muy poco. Los filósofos a lo largo de la historia se han interesado en el lenguaje como instrumento de la verdad. Se han planteado preguntas como: ¿es el lenguaje una copia fiel de la realidad? ¿Está el lenguaje diciendo cosas verdaderas sobre la realidad? Creo que ese interés no es suficiente. Los filósofos también deben interesarse por el impacto relacional del lenguaje, el impacto afectivo y psicológico que tienen las palabras en las relaciones humanas.

En la lista de las ocho reglas de la ética del lenguaje, usted pone a la verdad en el último lugar. ¿Por qué?

Mi ultima regla es: “Mi palabra debe ser verdadera”. La puse simbólicamente en ese puesto, no porque quisiera minimizar la importancia que tiene decir la verdad, sino más bien porque no quería eclipsar las otras siete reglas poniendo a la verdad en primera posición.

¿Y cuál es entonces la primera regla?

La base del buen uso del lenguaje es que mi palabra debe ser cordial, es decir, debo tratar de crear un lazo social mediante palabras que pueden parecer banales, como “gracias”, “buenos días”, “hasta luego”, etc. Ese tipo de palabras ayudan a crear un vínculo. Los ingleses las llaman “small talk” (conversaciones breves), es decir, la conversación banal, generalmente sobre el clima que está haciendo. Esto es la base de todo.

¿Piensa usted que nuestra época se adapta a su ética del lenguaje?

La situación actual está llena de contrastes. Es cierto que hay lugares donde la brutalidad verbal es palpable, por ejemplo cuando ocurren ciertos roces en el metro o en las escuelas durante los recreos. Pero al mismo tiempo hay lugares de resistencia donde la gente se muestra moderada, atenta, cordial, educada, respetuosa. Pienso, por ejemplo, en el seno de la pareja, en la familia, etc.

¿Este contexto se prestaría al desarrollo de la ética del lenguaje que usted propone, es decir, una palabra responsable y de resistencia, pero también  entusiasta?

Mi generación tiene la responsabilidad de presentar el mundo a los jóvenes. En ocasiones, se comete el error de presentarlo de manera negativa, peyorativa, subrayando solamente el lado oscuro de las cosas. Sin embargo, el mundo que nos rodea, el mundo humano, la cultura, el mundo natural, el mundo mineral, las bellezas del arte, todo eso debe ser valorizado. El lenguaje es como la pantalla sobre la cual presentamos ese mundo a las nuevas generaciones. Yo propongo que no dañemos demasiado el mundo con palabras demasiado destructoras y negativas.

¿Qué tipo de actitud se debe adoptar para llevar esto a cabo?

Debemos cultivar, sobre todo, la admiración y el entusiasmo por el mundo. Esos son sentimientos muy bellos y esenciales en la relación con los niños. Como decía Heidegger, “debemos dar un refugio al mundo en nuestro lenguaje”. El lenguaje tiene una función poética. No deberíamos perder de vista esa función. Creo que con nuestras palabras, a través de nuestra forma de describir el mundo, debemos ser fieles a esa misión.

 

 

 

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