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Francia hoy

Migrantes y vagabundos sobreviven en un París vacío

Audio 13:04
Una voluntaria de la ONG Secours Populaire entrega alimentos a un hombre que duerme en la calle, durante la cuarentena en la capital francesa. Abril de 2020. Foto ilustrativa.
Una voluntaria de la ONG Secours Populaire entrega alimentos a un hombre que duerme en la calle, durante la cuarentena en la capital francesa. Abril de 2020. Foto ilustrativa. AFP - JOEL SAGET
Por: Raphael Morán
22 min

En estos tiempos de cuarentena, las calles de la capital francesa, tradicionalmente llenas de turistas y de parisinos apurados, se convierten en el reino de los invisibles. RFI recorrió el eje de la miseria del noreste parisino donde se agrupan los exiliados, los drogadictos y los sin techo.

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Por @raphamoran

Otra noche de cuarentena empieza. Mientras el cielo se ensombrece, en uno de los barrios más pobres de la capital francesa se organiza una distribución alimentaria. Kumar Nisar, un joven paquistaní de Cachemira, es uno de los primeros en recibir una bolsa de comida. Luego, se sienta a unos metros del camión de la ONG Autre Monde y se prepara para pasar una noche más en la calle. Kumar tiene un pasaporte pero es un indocumentado, fue devuelto de Alemania a Francia, no tiene un techo y estamos en plena epidemia. Aun así, nos dice que su vida es más segura aquí que en Cachemira.

Place Stalingrad en Paris, lugar de distribucion de comida de la ONG Autre Monde.
Place Stalingrad en Paris, lugar de distribucion de comida de la ONG Autre Monde. © Flickr Gilles Klein

Simon, un treintañero rubio, lleva una mascarilla artesanal para proteger su boca. Pese a que sus lentes están constantemente empañados de vaho, este voluntario de la ONG Autre Monde se apresura para instalar cajas con bolsas de comida en el bordillo de una fuente, entre las estaciones de metro Jaurès y Stalingrad donde se concentran habitualmente grupos de migrantes para hacer vida social. En 20 minutos, todo el stock de comida, cerca de 120 paquetes, se acaba.

Durante sus caminatas nocturnas para romper el aislamiento de las personas sin hogar en el noreste parisino, a finales de marzo, cuando inició la cuarentena en Francia, los voluntarios de la organización Autre Monde se dieron cuenta de que los vagabundos sufrían del hambre. Una situación nueva debida a que muchas organizaciones caritativas dejaron de distribuir alimentos para no exponer a sus voluntarios al coronavirus, ya que muchas veces son mayores de edad. Entonces los voluntarios se movilizaron para conseguir bolsas de comida con sandwiches y distribuirlas.

En estas épocas del año, las orillas del Canal Saint Martin deberían estar llenas de grupos de amigos que acostumbran hacer picnic. El silencio de la cuarentena contrasta brutalmente con aquellas escenas. Los comercios permanecen cerrados desde hace un mes y medio por la cuarentena que decretó el gobierno desde el 17 de marzo. Las terrazas de los cafés han desaparecido.

El gobierno anuncia 9.000 plazas para albergar a los sin techo

A esta hora de la noche, los únicos que siguen fuera son los que no tienen donde pasar la cuarentena a cubierto. En las últimas semanas, la policía ha dispersado a cientos de migrantes agrupados en los campamentos de refugiados para reubicarlos en centros de hospedaje de urgencia. Cerca de 9.000 plazas fueron abiertas según el ministro de Vivienda, pero en el terreno las organizaciones constatan que aún falta espacio en los hogares.

Escuche aquí la versión audio del reportaje:

Los que siguen en la calle se agrupan aquí, en la rotonda de Stalingrad, para buscar compañía o droga. El metro Jaurès es un lugar histórico de la compra-venta y consumo de crack.

Josepha, una voluntaria, café en mano, circula con facilidad entre los grupos de hombres. Cuando nos ve, Willy, un hombre con el cabello amarrado con un pañuelo negro, se levanta para platicar.

"La cuarentena es particularmente difícil para los que viven en la calle, los que son dependientes de los productos estupefacientes. Ellos viven de las limosnas, suelen pedir uno o dos euros en el metro. Pero actualmente el metro está vacío. Es difícil para ellos", dice.

Y a la pregunta "y Usted, ¿cómo le hace?", contesta: "Tengo la suerte que la organización Aurore me regala bonos alimentarios, no todos los días pero sí varias veces por semana. No he podido encontrar un lugar para vivir, pero me quedo en casa de un amigo. Todavía no vivo en la calle".

Mientras hablamos con Willy, detrás de nosotros en el banco, su pareja de amigos acercan sus cabezas, se cubren con un pañuelo fino y prenden un encendedor para fumar crack.

Encerrado en un cuarto de hotel

Los voluntarios se acercan a otro grupo de hombres. Un joven de unos 20 años, Ousmane Traoré, nos cuenta que viene aquí porque no soporta el encierro. "Soy de Costa de Marfil. Como no tenemos lugar a dónde ir, venimos aquí para ver a los amigos y pasar el tiempo. La policía está por ahí y nos revisa. Hay mucha gente pero no todo el mundo vende crack. Algunos vienen a sentarse para fumar. La semana pasada estaba con mis amigos en el barrio de La Chapelle y la policía me puso una multa porque no tenía mi certificado para salir. Es imposible quedarse dos o tres semanas sin salir. ¡Necesito airearme! Vivo en un hotel desde hace un año en espera de que se resuelva mi estatuto migratorio", cuenta.

Cerca del camión de la ONG Autre Monde, un hombre le pide a Simon champú y una mascarilla, difíciles de encontrar en Francia desde el inicio de la cuarentena.

Alimentarse y también cuidar su salud se ha vuelto más difícil para los que viven en las calles. En este contexto, la organización Médicos Sin Fronteras ha montado una clínica itinerante que se instala cada día en un punto distinto de los barrios populares de París. 

Una enfermera de Médicos Sin fronteras atiende a un hombre en el barrio de La Villette en Paris, a finales de marzo de 2020.
Una enfermera de Médicos Sin fronteras atiende a un hombre en el barrio de La Villette en Paris, a finales de marzo de 2020. © MSF

Un migrante iraní hace cola, sentado, espera para cambiar la venda de su pierna que se lastimó hace unos días.

Mientras rapea en alemán, saluda de lejos a dos migrantes indios. Uno habla un poco italiano, griego y otro balbucea el español. Unas palabras cosechadas a lo largo del exilio.

Mordedura de rata y Covid-19

En la camioneta que sirve de consultorio, la doctora Océane Gaigeot atiende a alrededor de 30 pacientes al día. Le preguntamos cuales fueron los motivos de consulta hoy. Revisa entre sus papeles y lee: "Mordedura de rata, dolores dentales, con difícil acceso al dentista, infección parasitaria, y dos pacientes con síntomas de Covid".

"A uno lo mandé a hacerse la prueba en laboratorio y otro lo testeamos aquí, y tendremos el resultado dentro de dos días. Aquí llegan muchas personas que viven en la calle, personas precarias o migrantes que no tienen acceso a un médico de cabecera. Algunos sí veían a un médico, pero ya no reciben atención porque el consultorio cerró. O porque, al no manejar bien el francés, no pueden tomar cita por teléfono o no tienen cómo acceder a una teleconsulta. A los que iban al hospital a las permanencias médicas se les dificulta también porque tienen que tomar cita por teléfono", detalla la médica.

En la carpa, fuera del vehículo médico, una mujer de unos 40 años se presenta al trabajador social. Prefiere no dar su nombre antes de decirnos la razón de su presencia aquí: "Me dio sarna hace dos semanas. Me dieron medicamentos pero no se me quitó. Entonces estoy aquí para continuar el tratamiento. La sarna es una enfermedad de gente muy sucia", comenta.

"Los únicos que quedan en las calles son los locos"

La mujer entabla un monólogo que, por momentos, pierde coherencia. Nos habla de los peligros de la calle. De supuestos videntes que embrujan a las mujeres para prostituirlas.

"Yo duermo en la calle, pero no me escondo", cuenta. "Voy a las zonas de París donde hay parques y árboles. Anoche dormí en el sur de París, hay menos ONG, entonces hay menos gente que duerme afuera, y como mujer, no hay nadie para asaltarme. Y en el día vuelvo por aquí para buscar comida. Actualmente por la noche hay muy poca gente, solo enfermos mentales. No hay ni un alma para prestar auxilio si algo pasa y la gente que maneja las cámaras de seguridad no trabaja. Entonces me muevo todo el tiempo. Hace poco me topé con un loco que me decía que había diseminado el coronavirus en todo el planeta y se reía a carcajadas como un enfermo", dice.

Un bono de siete euros para comprar comida

El 11 de mayo, cuando comience a levantarse progresivamente la cuarentena, reabrirán poco a poco los centros médicos de país. Francia ha logrado contener la epidemia de Covid-19, pero la urgencia del hambre seguirá siendo una realidad para numerosas personas que vive en la calle.

El gobierno anunció la entrega de bonos de siete euros para comprar comida y artículos de higiene. Mientras tanto, los voluntarios de las calles seguirán ayudando a los más necesitados.

Afuera, entre risas y conversaciones, se nos acerca Rashwan, un joven tunecino vestido de un abrigo amarillo. En el celular, nos enseña una improvisación de rap en la que cuenta su exilio. Está orgulloso de las casi 900 visitas de su video.

Rap migrante

Un poco más arriba en las orillas del Canal Saint Martin, un grupo de migrantes magrebíes se ha juntado en la terraza de un bar cerrado. Un fuerte olor a marihuana atraviesa nuestras mascarillas y llega a nuestras narices. Son las 11 de la noche y terminan la cena ritual del ramadán. Los voluntarios de la organización Autre Monde ponen fin a su caminata al lado de las aguas tranquilas del canal.

Un reportaje RFI de Raphaël Morán. Realización técnica: Pierre Zanutto.

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