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Siria

El difícil regreso a Palmira, inhabitable tras la invasión yihadista

Una bandera del grupo Estado Islámico encontrada el 27 de marzo de 2016 en Palmira.
Una bandera del grupo Estado Islámico encontrada el 27 de marzo de 2016 en Palmira. Reuters
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Liberada el 27 de marzo de las manos del grupo Estado Islámico, la ciudad antigua de Palmira, en Siria, ofrece un espectáculo desolador y peligroso para sus habitantes por las minas abandonadas, relata desde el lugar Mikel Ayerstaran para RFI.

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Por Mikel Ayestaran, desde Palmira

Los civiles regresan a Palmira tras su liberación. Es un viaje de ida y vuelta porque la ciudad está inhabitable. Equipos de desminadores rusos limpian las ruinas grecorromanas de este oasis sirio declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Cada poco tiempo se escuchan fuertes explosiones. Ya son más de 3.000 los artefactos desactivados en los últimos días.

Las fuerzas rusas controlan también la fortaleza árabe del siglo XVII, el punto estratégico más importante de la ciudad. Hasta que no termine la limpieza no es posible acceder a las ruinas, pero sí al museo, un lugar que los yihadistas emplearon como cárcel. A sus puertas descansan los pedazos del León de Alat, una estatua de más de 2.000 años destruida por el grupo yihadista Estado Islámico.

En Tadmor, la ciudad moderna levantada a las puertas de los restos arqueológicos, los civiles se encuentran con la destrucción de los combates y el saqueo de las milicias del Gobierno. El Ejército trató de poner freno a este saqueo, pero tarde, y lo que hizo fue ordenar quemar todos los camiones en los que los milicianos se llevaban a cuestas lo que habían robado en las casas. Lavadoras, televisiones, alfombras, mesas… montañas de enseres domésticos están ahora calcinados en las cunetas del desierto por el que hay que viajar a Palmira.

Los ciudadanos con los que hemos hablado nos dicen que sueñan con regresar, pero que no lo harán hasta que haya unos servicios mínimos y, sobre todo, hasta que se sientan seguros. Las huellas de la guerra están frescas, las calles de la ciudad moderna muestran los enormes socavones dejados por las minas colocadas por los yihadistas. Hay que pisar con mucho cuidado ya que puede haber artefactos explosivos improvisados en cualquier parte.

Entre los escombros se pueden ver también panfletos de propaganda que llaman al martirio y explican los beneficios de dejarse barba o vestir el hijab. Son la herencia de los últimos diez meses en los que esta ciudad ha formado parte de un califato que ahora pierde terreno en Siria. Palmira despierta de la pesadilla, pero los civiles sirios siguen inmersos en una guerra que parece no tener fin.

Se estima que entre 50.000 y 70.000 personas vivían en esa ciudad antes de la llegada del grupo Estado Islámico (EI) y unas 15.000 durante la presencia del EI.

El EI, que considera idolatría la veneración de estatuas y tumbas, destruyó los templos más bellos de Palmira y utilizó el anfiteatro de la ciudad antigua para sus ejecuciones públicas.
 

 

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