Víctimas de inundaciones en Bélgica aún enfrentan pesadillas

Trooz (Bélgica) (AFP) –

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A casi dos semanas de las inundaciones que devastaron partes de Bélgica, Nadia Neqrat todavía sufre pesadillas, ya que esta habitante de Trooz estuvo atrapada 48 horas en un primer piso esperando la llegada de ayuda.

Al igual que otros daminificados, todavía en estado de shock, Negrat resiste gracias a la solidaridad de sus vecinos, su familia y los voluntarios que acudieron a ayudar en el barrio de La Brouck.

Frente a la hilera de casas de ladrillos en esta antigua ciudad de clase obrera se despliega un paisaje apocalíptico de pilas de muebles rotos, electrodomésticos y ramas de árboles, que dan testimonio de la violencia de la inundación. Una escuela próxima quedó destruida.

"Fue realmente horrible, no deseo que nadie pase por esto", dijo Negrat, de 39 años, quien cuenta con la ayuda de una cuñada para limpiar su casa, aunque las paredes siguen totalmente húmedas.

"Sigo teniendo pesadillas, pero realmente me compadezco de los niños que han pasado por esta situación".

Cuando el río Vesdre inundó el pueblo, Negrat se encontraba en la residencia de una vecina. Apenas tuvieron tiempo de llevar víveres al primer piso, mientras esperaban ayuda.

"Pero no vino nadie. Nos sentimos abandonados", lamentó.

La comuna de Trooz fue una de las más afectadas por las excepcionales inundaciones de mediados de julio, que arrasaron zonas de Bélgica.

La comuna lamenta tres de las 37 muertes registradas en el país, y de sus 8.700 habitantes casi la mitad quedó con la vivienda afectada.

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Al menos 1.000 personas siguen sin electricidad y el gas no se restaurará hasta dentro de varias semanas, de forma que muchas personas han buscando refugio con familiares en otras comunas.

- Ver la muerte de cerca -

En la iglesia, los bancos y sillas destinados a los fieles han dejado paso a pilas de alimentos en conservas, pastas y bebidas.

En la plaza, en tanto, los voluntarios distribuyen café y croissants, mientras a un costado los vecinos discuten, algunos derraman lágrimas, se abrazan.

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"Vimos la muerte de cerca", dice Jocelyne Chacón, de 63 años, quien lo perdió todo cuando el agua subió a unos tres metros y medio en su casa.

Priscilla Breckpot, a su vez, confiesa su "mayor trauma": no haber estado con sus hijos en el momento de la inundación. Esta enfermera había ido a ayudar a sus padres a refugiarse en el piso de arriba de su casa cuando el agua subió de repente, impidiéndole regresar a su vivienda donde la esperaban sus tres hijos.

“Mis hijos gritaban, mis vecinos intentaban tranquilizarlos. Mi compañero intentó ir con un equipo de rescate pero el barco se volcó", relata. Los niños finalmente fueron rescatados después de 24 horas.

Ella afirma que vio un cuerpo siendo arrastrado por la correntada.

"Estamos ante un desastre absoluto durará años. Al mismo tiempo, también verificamos una generosidad absoluta", señala el párroco Pierre Hannosset, acompañado por el obispo de Lieja, Jean-Pierre Delville.

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Seis de las 11 iglesias de las que es responsable el sacerdote han sufrido daños.

- Solidaridad -

En un momento, llega una mujer con una canasta llena de víveres que deja en la iglesia, después de dos horas de viaje, mientras un grupo procedente de Dendermonde, en la región de Flandes, va de puerta en puerta para distribuir pan y agua.

Al otro lado de la vía férrea, frente a una casa destrozada, Annick Troch, empleada de un municipio de la región, vino a ayudar al tráfico de camiones que transportar montones de basura en las cercanías.

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Para poder hacerlo, Troch renunció a una semana de vacaciones.

"Psicológicamente, el primer día es un impacto enorme, pero cuando vemos las sonrisas de la gente cuando nos ve llegar... me hizo mucho bien", dice.

Para ayudar a las víctimas, se instala un autobús médico todas las tardes en la localidad.

"Hay gente que viene a tratar heridas, a renovar una receta, pero también simplemente a hablar", cuenta el médico Henri Bounameau.